LAS MALAS PALABRAS
Me parece que fue Fontanarrosa quién en una difundida exposición expresó el tema de las malas palabras. El humorista gráfico y escritor argentino se preguntaba; ¿serán malas palabras porque golpean a las otras?, ¿Quizás acosaban o zaherían a los demás vocablos?, O ¿acaso esa palabras cometían todo tipo de fechorías?.
De lo anterior podemos deducir, que existen palabras buenas, angelicales y celestiales. Estas nos permitirían alcanzar un estado beatífico y llevarnos levitando hacia el cielo. Lo que podría ser peligroso para un alma en pena, o para un espíritu tormentoso como el nuestro.
Las malas palabras circulan por zaguanes poco iluminados, en bares de los bajos fondos y en zonas rojas relacionadas con la lujuria. Se le atribuyen al bajo pueblo y a sus malos modales, presuntamente las malas palabras llevan una vida alocada en lupanares y chinganas. En esa marginalidad se bailaba tangos o se zapateaban las cuecas. El ascenso de estos bailes a salones más depurados, obedecen a otra historia, cuando la oligarquía asume como suyos estas danzas y melodías.
Las malas palabras son pasionales y dramáticas, sobre todo si nos hacen enojar, se hacen presentes si nos sorprende un temblor, una tormenta de nieve y si amamos o lloramos, también nos sirven para reír y exagerar. La utilizamos de manera casual en una barra de amigos, con la pareja en deslices íntimos y con desconocidos que están al frente de la vereda política, en un accidente de tránsito, o en una discusión futbolera, pero también tiene un carácter revolucionario para expresar nuestra rabia, protesta y disgusto.
Cuando niños, un joven procaz, que se expresara con “palabrotas” era considerado insolente y grosero. En nuestros hogares debíamos mantener las buenas maneras para la convivencia y respeto mutuo, sin embargo no faltaba ese tío temerario, que desafiando las reglas establecidas del buen lenguaje y la compostura, nos enseñaba los garabatos más desafiantes para que nos presentáramos en el puerto como el más aguerrido de los cosacos.
Uno de los más relevantes literatos del habla hispana es Francisco de Quevedo (1580-1645). De lenguaje mordaz y disruptivo, con tono satírico denunciaba injusticias y abusos de poder en un mundo donde la presente corrupción política y la desigualdad continuaban como problemas persistentes. Todos recordaran “Poderoso caballero es don dinero” y un poema romántico, donde habla de la trascendencia del amor, más allá de la muerte que finaliza con “polvo serán, mas polvo enamorado”, pero el poeta no sólo quedó allí, ejerció una poética explosiva y sonora que veremos a continuación:
“El pedo es como la nube que va volando / y por donde pasa va fumigando, / el pedo es vida, el pedo es muerte / y tiene algo que nos divierte; / el pedo gime, el pedo llora / el pedo es aire, el pedo es ruido / y a veces sale por un descuido”.
Quevedo es un imposible: miope, cojo, político, literato, espía y hábil espadachín. Vivió una vida de aventuras irreverentes y grotescas, entre la suntuosa corte real y bares miserables, sufrió la cárcel en numerosas oportunidades. Literato de fuste ejerció su oficio entre lo filosófico, político con lenguaje incisivo y desvergonzado como una provocación a su época. Hizo de las malas palabras un resguardo de su arte. (Pueden seguir: “Gracias y desgracias del ojo del culo”)
En Chile es Pedro Lemebel (1952-2015) quien nos ha puesto en ese territorio de la marginalidad, su crónica depurada, su lenguaje barroco, lleno de giros provocativos con expresiones propias del habla chilena critica el poder, el machismo y la hipocresía nacional, sin dejar de lado la caustica ironía como una forma de resistencia de la contracultura:“y como en el norte tengo tantos amigos y paro las patas zandungueando las noches altiplánicas, dije que sí, que claro que podía viajar a la eterna primavera a ventear mis letras un poco deprimidas por el esmog capitalino. Y me hice la idea de portarme bien, más bien, de hacerme la señora literata y que nadie saliera pelando y diciendo: quién invitó a este tipo. Porque en estos tiempos del desparpajo televisivo, queda tan poco que aclarar, y el último mariconazo ligth de la pantalla va tapando la ardua memoria de las locas que le dimos aire al tema”.
Lemebel, sostenía que en los tiempos donde hay uniformidad de pensamiento y todos los discursos se parecen, era necesario la confrontación ideológica, para sostener que el país sigue vivo.
Una de las figuras claves del realismo sucio caribeño es Pedro Juan Gutierrez, se caracteriza por su crudeza narrativa, sus relatos son un texto híbrido entre crónicas y cuento que retratan de manera descarnada la Cuba de los años noventa: La pobreza, la miseria y el sexo escabroso:
“Alguna vez estudié fui disciplinado, tuve objetivos para mañana y para el año próximo, y salí a luchar por el mundo. Después todo se hizo sal y agua y caí en esta pocilga. Unos tienen sarna, otros tienen piojos, o ladillas. No hay dinero, ni comida, ni trabajo y cada día vienen más y más. No se de dónde aparece tanta gente desarrapada. Viven como las cucarachas. Diez o doce en un cuarto”.
El autor de “Trilogía sucia de la Habana”, nos ofrece una mirada muy alejada de la romántica visión de la revolución cubana y nos enfrenta a la realidad de lo cotidiano, la lucha por la sobre vivencia en la carencia y marginalidad. En esta instancia las figuras del poder, de la política, la justicia y las económicas, quedan a su vez marginadas y desplazadas en el caótico paisaje social.
El lenguaje es una cosa “viva” y se va renovando constantemente, ya sea incorporando nuevos vocablos o bien con el nacimiento de nuevas palabras que nos permitirán definir o identificar una acción, una historia, un objeto o cualquier actividad en el campo humano. Las malas palabras no son ajenas a este devenir. Es así que aparecen nuevos vocablos y formas de humillar, ridiculizar o destacar una característica negativa de algún individuo o grupos humanos.
En la historia más reciente en Chile se ha hecho notoria la expresión de “¡chúpalo…!”, donde al final del exabrupto se agrega el nombre o apellido de la persona que merece esta reprobación. El primero en caer bajo esta funa fue la figura del influencer y rostro de TV Karol Dance. El sujeto fue señalado como tipo de repudio, ya sea con carteles o fugaces apariciones en televisión, que después fueron viralizadas en redes sociales.
¡De esta no se salva nadie!, el hombre que registró un 58% de apoyo en el voto popular en las elecciones presidenciales, ha experimentado una abrupta caída en su aceptación publica durante las festividades de celebración de las fiestas patrias. En fondas y ramadas se expresó el descontento popular con el ¡chú-pa-lo Kast!, lo que obligó a el alcalde Sichel a salir ha hacer su defensa en nombre de la democracia, denigrando lo que estimó como grosería.
La catarsis colectiva, implica una expresión del descontento, es la mueca de desagrado y el enojo público, es el innegable derecho a pataleo que prefiere el ciudadano común y corriente, que se siente engañado por una espuria clase política con acuerdos amañados en eternas comisiones y mesas de trabajo, para legislar sobre “el que baila pasa”, las carreras de galgos” y otras fruslerías que no son del interés ciudadano.
Las malas palabras, tienen también esa cosa picante, sabrosa y sorpresiva que te provoca la risa. La picardía popular y el ingenio del alma nacional hacen que las malas palabras expresen que los falsos reyes, a menudo carentes de entendimiento e ingenio, tienen los pies de barro.
DIAZ-BUSTAMANTE
Puerto Natales, septiembre 2026.