• 3 de noviembre de 2026

¿Cuesta vivir tranquilo?

 ¿Cuesta vivir tranquilo?
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Por Nicolás Núñez, psicólogo clínico y académico en UNAB

Desde hace ya algunos años que el miedo y la inseguridad se han ido instalando en nuestros modos de vida, transformando nuestros hábitos a diario, con cerraduras y rejas más potentes en las casas, o con un paso más apresurado y un agarre más firme de las pertenencias al caminar por la calle, mientras que otros derechamente que dejan de hacerlo, por un miedo a que “algo malo” les pase. 

Los últimos 5 años han acumulado datos sólidos que muestran un Chile preocupado, inseguro, bajo miedo y estrés. Nos estamos convirtiendo a un paso persistente, en un paciente crónico de ansiedad y una de las causas puede ser un constante estado de temor e inseguridad ante la posibilidad de ser víctima de un delito.

Según datos del termómetro de la Salud Mental de ACHS-UC, estudio longitudinal cuyo objetivo es monitorear periódicamente las tendencias que afectan la salud mental de la población adulta urbana en Chile, en 2024, un 24,8% de las personas evaluadas presentó síntomas de ansiedad. El temor a ser víctima de delincuencia fue indicado como el principal estresor, casi un 15% por sobre las preocupaciones económicas. 

Lo anterior se confirma en indicadores como el índice de Paz Ciudadana en 2022, 2023 y 2024, que registró en esos años los niveles más altos de temor al delito desde que inicio su medición. También la encuesta CEP ha identificado a la delincuencia, los robos y los asaltos dentro de las principales preocupaciones de las y los chilenos, desde 2021. 

Pero más allá de generar impactos en nuestra subjetividad o en la salud mental, este miedo persistente genera también cambios en la forma en que las personas habitan el espacio público, interactúan entre sí, y en las decisiones de consumo. En 2024 un 67,9% de las personas reportó sentirse insegura al caminar de noche por el barrio donde vive. Al mismo tiempo, según sugiere un reportaje del Diario Financiero, el gasto asociado a elementos de seguridad como alarmas, monitoreo, transporte de alto valor y venta de armas se habría multiplicado más de trece veces respecto de 2013.

No es de extrañar que nuestra respuesta ante las amenazas sea refugiarnos, apartarnos del espacio público y del contacto social, o defendernos y estar listos para atacar si es necesario proteger la vida, ¿pero qué efectos genera en nuestra salud mental que ese sea el estado permanente en el que nos encontremos?.

Existe una paradoja en la manera en que vivimos el miedo: es una experiencia profundamente compartida, y sin embargo la transitamos en soledad. Todos conocemos a alguien que fue víctima de un delito, todos hemos cambiado en algún momento nuestras rutinas por precaución, todos hemos escuchado a otros decir que “ya no se puede vivir tranquilo”. Pero rara vez hablamos de lo que sentimos, y menos aún lo interpretamos como una experiencia que nos conecta. Tendemos a vivir la inquietud como un asunto privado, casi como una debilidad personal, cuando la evidencia sugiere que es una respuesta humana, predecible y ampliamente extendida, ante un entorno percibido como amenazante.

El sistema nervioso de Chile necesita calma, y no la encontrará detrás de una cerradura más firme, o mirando las cámaras que graban la vereda, sino en la conexión con otros y en la sensación de que en el espacio público, habrá siempre más apoyo que adversidad. 

Construir eso depende de millones de pequeños gestos simples: saludar con respeto, ser amable al transitar, buscar apoyo en otros cuando estamos superados, y compartir nuestras experiencia subjetivas, para que las dificultades no sean vistas como defectos o señales de fracaso, sino como algo que nos une como especie, y que podemos cuidarnos mejor si lo hacemos juntos. Porque a todos, en algún momento de nuestras vidas, nos cuesta vivir tranquilos. 

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