• 6 de noviembre de 2026

El negocio de la ketamina y sus costos para la salud

 El negocio de la ketamina y sus costos para la salud
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Marcelo Maldonado Ramírez

Académico Química y Farmacia UNAB

Especialista en toxicología

El preocupante avance de la ketamina exige comprender qué sostiene su comercialización y cómo prevenir daños que pueden persistir mucho después del consumo. Según cifras de la PDI, entre enero y septiembre de este año se decomisaron 579,4 kilos, lo que representa cerca del 87% del total de drogas sintéticas registrado por las brigadas especializadas.

Los antecedentes de Fiscalía apuntan a factores que favorecen este negocio, como el ingreso ilegal desde países vecinos, desvío desde circuitos farmacéuticos y altos márgenes de ganancia. A ello se suma su utilización para elaborar tusi, vinculado a espacios de fiesta. En julio de 2026, la Fiscalía de Antofagasta advirtió que las organizaciones estaban incorporando sustancias de mayor valor y menor volumen a sus operaciones. También existen investigaciones por venta de ketamina a través de redes sociales. Estos antecedentes ayudan a entender su disponibilidad, aunque no permiten atribuir la expansión a una sola causa.

El tusi merece especial atención. Bajo ese nombre se comercializan mezclas cuya composición cambia; el color del polvo no garantiza identidad ni pureza. Un estudio del ISP, presentado en enero de 2026, evaluó 96 muestras con ketamina recibidas por el laboratorio en 2024: el 82% presentaba adulterantes. Se identificaron cafeína, MDMA, cocaína y algunos medicamentos. El porcentaje corresponde a las muestras estudiadas, pero ilustra cómo dos productos vendidos con el mismo nombre pueden provocar efectos distintos.

La ketamina es un anestésico utilizado en medicina humana y veterinaria. Tiene aplicaciones clínicas valiosas y su uso médico requiere dosis conocidas, evaluación del paciente y vigilancia profesional. Esa utilidad no convierte en seguro su consumo sin supervisión, menos aun cuando se desconoce qué contiene el producto comprado.

En el cerebro actúa principalmente bloqueando receptores llamados NMDA, relacionados con el glutamato, una sustancia que permite la comunicación entre neuronas. Así altera la percepción del dolor y del entorno, y puede producir disociación, es decir, la sensación de estar separado del propio cuerpo o de lo que ocurre alrededor. Esa experiencia también puede acompañarse de confusión y pérdida de coordinación.

Los riesgos inmediatos incluyen desorientación, angustia, aumento de la presión arterial y accidentes. Con cantidades elevadas puede comprometer la conciencia y la respiración. La combinación con alcohol, opioides o benzodiazepinas aumenta el peligro de sedación profunda y depresión respiratoria. En una mezcla de composición desconocida resulta aún más difícil anticipar lo que ocurrirá.

Hay, además, daños que pueden aparecer con el consumo repetido. La ketamina puede lesionar la vejiga y las vías urinarias, causando dolor, urgencia para orinar, sangrado y, en casos graves, deterioro renal. Algunas lesiones llegan a requerir cirugía. También puede desarrollarse dependencia y tolerancia, es decir, la necesidad de aumentar la cantidad para conseguir efectos similares. Son consecuencias que pueden continuar cuando la sensación buscada ya desapareció.

La respuesta desde las instituciones debe integrar fiscalización, vigilancia sanitaria y acceso a tratamiento. Necesitamos conectar los análisis de sustancias incautadas con las consultas de urgencia y los registros de consumo, respetando que cada fuente responde preguntas distintas. También corresponde fortalecer el control de los desvíos de medicamentos y comunicar los riesgos con claridad, sin estigmatizar a quienes necesitan ayuda.

La preocupación por la ketamina tiene que traducirse en acciones sanitarias concretas. El éxito también debe medirse en intoxicaciones evitadas, diagnósticos oportunos y personas que acceden a tratamiento.

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