A 38 años del triunfo del NO: memoria, gratitud y democracia
Un día como hoy, muy temprano, nos preparábamos para vivir una jornada histórica. Había que votar temprano; esa era la consigna. También había que terminar de convencer a familiares, amigos y vecinos que aún sentían el miedo sembrado durante años por la dictadura. Corrían rumores de todo tipo: que el voto sería vigilado, que habría represalias, que nada cambiaría. Eran estrategias destinadas a infundir temor en una ciudadanía que comenzaba a recuperar la esperanza.
Sin embargo, el corazón de la campaña del NO fue precisamente ese: perder el miedo. Creer que era posible derrotar al dictador en su propia cancha y abrir un camino hacia la libertad y la democracia. También existían muchas dudas. ¿Hasta dónde alcanzaría un eventual triunfo? ¿Cuánto podríamos avanzar? ¿Sería posible ampliar los límites e itinerarios impuestos por el propio régimen?
Pusimos toda nuestra energía en aquel proceso. Y hay que reconocerlo: ni siquiera muchos de nosotros estábamos completamente convencidos de que Pinochet aceptaría una derrota. Las horas posteriores demostrarían que existieron tensiones e intentos de desconocer el resultado, pero finalmente la voluntad soberana del pueblo se impuso. Nunca sabremos con certeza qué habría ocurrido en un escenario distinto. En esos momentos resonaban con fuerza las palabras del compañero Salvador Allende en su último discurso:
«El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.»
Ese día estaba en juego toda una generación. Nuestra juventud, nuestras convicciones y nuestro compromiso con la libertad y la democracia. Cuánto trabajo político y social hubo detrás de ese momento. Cuántas lecturas, cuántas reuniones, cuántos esfuerzos por educarnos y contribuir a despertar la conciencia política de un pueblo sometido durante años al temor y la represión.
Estaban las vigilias, los actos culturales, las peñas donde se mezclaban la esperanza, la valentía y también el miedo. Estaban las brigadas que salían a pintar murallas, «el diario del pueblo», como cantaba Quelentaro. Estaban las grandes jornadas de protesta nacional, donde tantos hombres y mujeres enfrentaron la violencia y donde muchos entregaron su vida. Hoy, quizás acostumbrados a otras formas de violencia, cuesta dimensionar lo que significó en aquellos años salir a manifestarse sabiendo que la represión podía tener consecuencias fatales.
También estaban las ollas comunes, las tomas de pobladores, la organización comunitaria y la solidaridad como forma de resistencia. Ayer recordaba, a propósito del desborde del Río de las Minas, el trabajo solidario realizado junto a familias que vivían en campamentos cercanos al puente de Avenida Frei. Eran tiempos difíciles, pero también tiempos en que la solidaridad se transformó en una poderosa herramienta de organización y esperanza.
Hay mucho más que contar y recordar. Mucho más de lo que cabe en estas líneas. Pero sentí la necesidad de que esta fecha no pasara inadvertida.
Hoy, sobre todo, mi recuerdo y gratitud están con quienes ya no están entre nosotros. Con quienes caminaron a nuestro lado, marcharon, corrieron para escapar de la represión, resistieron la persecución, dieron lo mejor de sí e incluso entregaron su vida por un sueño colectivo. A ellos y ellas les debemos una parte importante de la libertad y la democracia que hoy vivimos.
Una democracia imperfecta, sin duda, con deudas, injusticias y desafíos pendientes. Pero democracia al fin. Una conquista construida con coraje, compromiso y sacrificio por miles de chilenas y chilenos que nunca dejaron de creer que un país mejor era posible.
Su memoria merece nuestro respeto, nuestra gratitud y nuestro permanente compromiso con la libertad, los derechos humanos y la democracia. Porque hubo quienes resistieron hasta vencer, y gracias a ellos las nuevas generaciones pueden vivir en un Chile donde las diferencias se resuelven con votos y no con violencia, con diálogo y no con imposiciones.
Honor y gratitud para quienes hicieron posible aquel histórico 5 de octubre.
Por: Jaime Bustamante H.