• 23 de febrero de 2024

HELAITO ´E COCO- Jorge Díaz Bustamante

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Al cumplir once años, mi padre decidió que ya era un hombre y que debía colaborar en la economía del hogar. Acércate mocoso, ya estás hecho todo un machito. Me dijo, palpándome los bíceps. Ahora vas a poder trabajar en lo mismo que hace tu padre; en la venta de helados.

Luego se lanzó con esa monserga seudo pedagógica, a la que nos tiene tan acostumbrados, a los siete hermanos: Déjame decirte que el trabajo no ofende a nadie, al contrario, el trabajo engrandece a los seres humanos. Si todos pusiéramos el esfuerzo que se merece el trabajo, créeme que este país sería muy distinto, sería un gran país.

El era famoso en Puerto Natales, tenía una voz portentosa que se escuchaba como a doscientos metros de distancia. Los pobladores reconocían su perorata y salían a su encuentro. Su conocido pregón de burdos tintes poéticos, era el siguiente: “Helaito é coco, helaito é vainilla, helaito pá las lindas chiquillas”. Su popularidad se extendió por las polvorientas calles del poblado. Tal es así, que todas las tardes regresaba con su carro de 250 helados completamente vacío. Se había transformado en un personaje popular y estaba orgulloso de ello.

La gente lo reconocía en la calle y lo saludaban con alborozo. Algunos, yo los sabía reconocer, con sonrisas maliciosas y murmullos malintencionados. En el colegio, mis compañeros se burlaban de él y me trencé a golpes con varios de ellos. A Ernesto lo pateé en la guata, a Carlos le mordí la oreja y al Johnny le reventé la nariz, lo golpeé sin misericordia. Cuando llegaba con un ojo en tinta a casa, la excusa era siempre la misma: mamá choqué accidentalmente con una puerta.

Nunca me lo creyó, estoy seguro, uno podrá engañar al cola de flecha, al mismísimo satanás, pero nunca a mamá. Las viejitas tienen un sexto o séptimo sentido, ven debajo del agua. No me interrogaba para no incomodarme, pero creo qué sabía lo que pasaba y siempre afanosa me curaba con un bife en el ojo para bajar la inflamación.

Pero ahoritita mismo, mi padre me está entregando una bandeja con cincuenta helados y me ha dado una orden perentoria. Mi centro de operaciones serán las ramadas del Club de Rodeo. Las rodillas se me ablandan y comienzo a transpirar frío. Cómo le explico que en fiestas patrias en el lugar se concentran todos los ciudadanos importantes de Puerto Natales; están mis profesores, los vecinos, mis compañeros de curso y la Marcia, la chica que me gusta. La de ojitos de uva, la de hoyitos en la mejilla, la de risa cantarina. Me emocionaba su dulzura y estaba dispuesto a morir de amor por ella.

¡Qué hago yo allí!. ¡Toda la ciudad me va a ver!. El terror no es digna compañera, te lo aseguro, te acecha una palidez bárbara, un tartamudeo feroz, un temblor y sudoración de manos y pies, que atropellan tus ideas. El entendimiento, como las golondrinas, emprende un rumbo desconocido. En el fin del mundo me encontraba. Creí que ahí mismo moriría. Que se habían decretado mis días finales, que era el fin de la historia. Que ningún joeputa oriental me salvaría por más filósofo que fuese. Estaba irremediablemente perdido en el escarnio y la vergüenza.

Ya no quedaba nada, ni la esperanza irremediable de Juan de Ladrillero, ni la solitaria Isla de los Muertos, ni las florecidas canciones de Pedro Telmo, estábamos en el punto cero. A punto de congelarnos, como cuando cae la tarde en los inviernos crepusculares de la Patagonia.

Al llegar al club de rodeo, recordé que la única vez que había entrado allí, lo había hecho en forma clandestina, siguiendo a mi hermano mayor, saltamos el cerco. Allí pudimos ver por vez primera la monta de becerros y animales vacunos. El resoplar de las bestias, su encabritada carrera y el revolear de los taleros nos impresionaron vivamente. Soñamos con vestir boina, botas de potro y facón al cinto. A pesar del placentero recuerdo, no pude ingresar al local. Quedamos inmovilizados frente a su puerta. Me alejé del lugar con un nudo en la garganta y las sienes latiendo como bombo leguero.

Esa tarde regresé a casa llorando, con hambre, con frio y con todos los helados derretidos.

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