• 7 de agosto de 2020

Mirko Macari: “La gran pregunta es si Piñera pasa agosto”

Fuente: INTERFERENCIA

A continuación, publicamos extractos editados de una conversación de casi dos horas que nuestro medio sostuvo con Mirko Macari.

–Usted ha acuñado el concepto sobre ‘el partido del orden’ en Chile. ¿Cree que todavía existe?

– Existe desde el montt-varismo, por allá a mediados del siglo 19. Tiene que ver con mantener ese espacio de toma de decisiones, más allá de la afiliación en el eje político convencional. Ahora, yo creo que los acuerdos de por sí no son malos; pueden tener una carga peyorativa si nos remiten a los famosos acuerdos de los 90, que en realidad no son acuerdos, sino que básicamente la convergencia en la aplicación del modelo ideario neoliberal. Por ejemplo, la reforma que hizo Michelle Bachelet a las pensiones, que fue la famosa pensión básica solidaria (en su primer gobierno), tuvo como condición para ese acuerdo –por parte de la derecha– que no se tocara la industria de las AFP, por eso seis o siete años después explota ese tema.

Lo que estamos viendo hoy en día es justamente lo contrario. Yo creo que es muy interesante que ahora emerja la conversación de los acuerdos, porque es un síntoma de debilidad. La base de apoyo de los partidos de gobierno, y muchos de sus ministros importantes, se da cuenta que se requiere una gobernabilidad más amplia, que el 20% de Piñera no alcanza, y por lo tanto es un reconocimiento del fracaso de la tesis que el gobierno solo se iba a echar al hombro la administración de la pandemia. La pandemia requiere co-gobierno, y van a ver quiénes se pueden ir sumando a eso. Lo de los acuerdos es un reconocimiento de facto de que falló el modelo inicial.

¿Cuál es el modelo de Mañalich, ese que parece exitoso en un primer momento desde el punto de vista político? ¿Cómo fue con los alcaldes? Mañalich dice ‘a ver, momento, aquí el que manda soy yo’. Por eso al comienzo de esto sus principales enemigos fueron los alcaldes de la derecha: Germán Codina, Rodolfo Carter, con quienes se enfrasca en una disputa directa. Entonces lo que falla en esta administración de estilo portaliano de la pandemia, y vamos a un administración compartida, para socializar su riesgo, que va a incluir al Colegio Médico y sectores de la oposición.

–En los años 90 era más fácil este tipo de acuerdos porque la Concertación era proclive a negociar con la derecha. Más allá de la buena o mala salud del partido del orden, ¿es más difícil hoy llegar a grandes acuerdos?

– Es más profundo que eso. Vivimos un proceso desde 2011 en adelante de fragmentación de toda la política, y eso significa romper las reglas jerárquicas. Era muy fácil en los 90 o en los 2000 saber dónde estaba el poder. Mi trabajo, mi tesis central en los talleres que hago sobre el desplome de las instituciones, justamente se trata de constatar que el poder ya no está donde estaba. En el gobierno de Bachelet 1, yo sabía que el poder estaba en una trenza entre el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, y el caudillo de la nueva izquierda, Camilo Escalona, y entonces lo que dijera un diputado daba lo mismo, no era un actor relevante.

El acuerdo para poner fin al caso MOP-Gate fue con 20 personas metidas en la casona del Centro de Estudios Públicos (CEP), con Juan Claro, con Pablo Longueira (entonces presidente de la UDI), con los jefes de los asesores de Ricardo Lagos y con Eliodoro Matte; entre estas personas pudieron tomar una decisión que acata toda la elite política, social y económica. Eso pasaba en 2003. Hoy día eso es imposible.

Lo interesante es comprender que la política institucional perdió toda su energía. Eso quedó claro con el estallido social, que es un estallido y no un movimiento. En la Plaza de la Dignidad hay banderas chilenas y mapuches, no hay banderas de partidos, no hay conducción política, como lo hubo en el movimiento estudiantil de 2011. ¿Cómo llegamos al estallido social? Por una política incapaz de gestionar las demandas principales de la ciudadanía, que están todas instaladas hace años, como por ejemplo, la reforma al sistema de pensiones, o mejorar la salud pública, o poner fin al Crédito con Aval del Estado.

–¿Qué pasa con los empresarios? ¿Es Juan Sutil alguien distinto a los anteriores para este tipo de acuerdos?

– En los discursivo parece más duro que Alfonso Swett, pero ese discurso es natural, porque responde a la necesidad de la derecha económica de atrincherarse después del estallido. Pero no es más que eso. Lo central respecto de la política formal es que Michelle Bachelet fue elegida con un tremendo programa de reformas, y no fue capaz de implementar nada.

Creo que en lo educacional lo único medianamente exitoso fue en el ámbito de los profesores, pero el resto se perdió todo. Y Piñera llegó con una promesa muy clara para la derecha empresarial: vamos a reducir impuestos. Y de entrada no puede, porque no tiene las condiciones de poder; de partida no tiene la mayoría ni en la Cámara de Diputados ni en el Senado, lo que Bachelet sí tenía, al menos mayoría formal, pero ya no hay capacidad de gestión política, entonces lo que vemos es que el poder salió de ese lugar.

Mi charla se llama ‘El desplome de las instituciones y las claves del nuevo ciclo’, porque a eso estamos asistiendo, al fin de este ciclo que empieza con la Constitución de 1980 en lo político y justamente con el crash económico de 1982. Ahí el modelo neoliberal empieza a tomar fuerza; de hecho, la dictadura militar llega al plebiscito con una economía creciendo de manera bullante, y Pinochet obtiene el 44% de los votos. Lo que hace la Concertación es decir ‘vamos a mantener esto’.

Los años 90 son los de máxima legitimidad de las autoridades políticas, el país creciendo al 7%, los chilenos en los malls y la política entregada a los profesionales, los partidos; ahí empieza a la vez el declinar del ciclo, que se empieza a manifestar en lo del Transantiago el año 2007, la ineficacia de la política pública concebida solo desde la lógica de mercado, pero después vienen los grandes casos de corrupción, el caso La Polar, la colusión de las farmacias, luego las platas políticas y el país descubre que por detrás del discurso público todos los políticos se arreglan con las grandes empresas que ponen los marcos de cómo y para quién se legisla; después viene la caída de la Iglesia Católica, la ineficacia del Estado en el Sename, la corrupción en Carabineros, entonces tú ves cómo la energía se va escapando del aparato institucional, y hoy día no tiene casi nada.

–¿Qué aspectos por los que se protestó durante el estallido social, se pueden ver en la manera en que Mañalich abordó políticamente los inicios de esta pandemia?

– Hay varias demandas que están en el estallido. La más evidente es la desigualdad, que ha existido siempre en Chile desde los tiempos de la colonia. Y hay momentos en que ha habido más desigualdad. A lo que estamos asistiendo por los cambios tecnológicos, y todas las transformaciones, es a una demanda de redistribución del poder, es decir, ‘tómenme en cuenta en la toma de decisiones’. Mañalich representa la supervivencia del mito portaliano; podemos decir Portales, Pinochet, Lagos y Mañalich. De hecho, el repunte de Piñera en las encuestas tiene que ver con que la derecha dura, que lo había abandonado por débil, por no ser capaz de aplicar la mano dura durante el estallido, de alguna manera se reencanta con Mañalich.

Entonces, Piñera sube en las encuesta por la gestión de Mañalich. Por eso está ese momento de esplendor, que funciona muy bien hasta que se viene abajo el castillo de naipes. Lo que está en cuestión aquí es el estilo de hacer política. Tenemos el modelo clásico del macho alpha, en tensión con el otro modelo, el inclusivo, el que escucha.

La figura contraria a Mañalich es Joaquín Lavín. ¿Cómo gestiona Lavín el municipio de Las Condes? De partida, no se mete en temas políticos duros o ideológicos; salió de la Guerra Fría. No entra a conflictos gratuitos, que son peleas. Su tono es de un liderazgo femenino en un hombre, es decir, inclusivo, que escucha. A través de redes sociales, está escuchando lo que le van diciendo los vecinos. Va co-gestionando en conexión con los vecinos, que es el modelo de la política que viene. No es casual que Lavín, pese a ser UDI y Chicago Boy en sus orígenes, lidere las encuestas. Además, es uno de los dos UDI que está en el Apruebo, y dice que Chile requiere un pacto para reencontrar a los dos países antes del estallido, y le recomienda a Piñera –en una entrevista en televisión– que se guarde, desaparezca, que pase a la segunda fila y les entregue el poder a sus ministros. Ahí tienes los dos modelos políticos que están en tensión en la misma derecha; tensiones culturales que están expresadas tanto en el estallido como en la pandemia.

–¿Funcionó en un minuto este ‘macho alpha’ de Jaime Mañalich?

– Bueno, claro, encanta al mundo que está huérfano de autoridad. Por eso Carlos Peña se hace pipí con Mañalich. Es un mundo que viene despreciando a Piñera porque no tiene la impronta de ponerse los pantalones, y Mañalich sí la tiene. Después del estallido el gobierno estaba derrumbado, y la pandemia permitió que entrara Mañalich, que se mostrara diariamente liderando temas de gestión. Pero eso tiene un riesgo, que es que el diseño fue equivocado, que es lo que estamos enfrentando ahora.

–¿Qué pasa ahora cuando se derrumba el castillo de naipes?

– Fallado el modelo de la autoridad portaliana, vamos a una gestión inclusiva, el gobierno se va a tener que abrir, y muy probablemente ese co-gobierno de la pandemia va a significar un co-gobierno de lo económico y de lo político. Estamos entrando a la parte más oscura del túnel, que va a coincidir con el invierno.

Tú no puedes separar lo sanitario de lo económico-social, y por ende de lo político, que está a la vuelta de la esquina. Entonces, ¿cómo dotarnos de un mínimo de gobernabilidad para caminar en la oscuridad para llegar a la parte del túnel que se empieza a ver el final? Esa es la gran pregunta política, y ahí vamos a ver si Piñera pasa agosto. Si es capaz de entender lo que le dijo Lavín, que pase a segunda fila como jefe de Estado, como figura decorativa, y que otros actores con legitimidad, sin afán de protagonismo marketinero ocupen ese espacio con el tono de Lavín, de Blumel; o se va a transformar en un obstáculo insalvable para la gobernabilidad del país.

–¿Cree el Presidente Piñera no pasa agosto?

– Claro. La gran pregunta de este minuto es si Piñera pasa agosto, porque todo su comportamiento apunta a ser el que siempre se quiere llevar la pelota para la casa. La información que yo tengo es que esta conversación del grupo transversal de economistas, que va de Claudia Sanhueza a Rodrigo Valdés y otros, con las autoridades de Hacienda, que a su vez estaba topando en el mundo de la derecha económica, Piñera se apresura y se tira él a contar que hay un acuerdo, porque se quiere quedar con la ganancia de ese acuerdo, cuando todavía no estaba avanzado. Estas cosas tienen que cocinarse a fuego lento, y si aparece en la prensa se hace más delicado.

Entonces, hasta el minuto Piñera ha sido un obstáculo. Vamos a ver si el nivel de descontrol, que podemos observar todas las mañanas en los matinales, lo que pasa en la periferia de Santiago –que no tiene ninguna diferencia con Ciudad Gótica, ya estamos en Ciudad Gótica, va a durar y cómo se va a profundizar. Estamos a la vuelta de la esquina de un problema grave de gobernabilidad.

–¿Qué significa que una persona como Izkia Siches sea quien reúne a economistas de distintos ámbitos políticos, y no el gobierno?

– Significa que la lógica tradicional, gobierno y oposición, no sirve para que crucemos el río. Chile podría asemejarse a un pueblito que está debajo de un volcán, éste erupciona, viene bajando la lava y hay que arrancar de ahí. Es de noche, hay un río y el puente para cruzarlo está cortado. Entonces hay que empezar a sumar palitos para hacer el puente, y por lo tanto, no es el minuto para concentrarse en las diferencias, sino que justamente en las cercanías.

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