• 30 de septiembre de 2026

Quilapayún: mucho más que tres barbas.

 Quilapayún: mucho más que tres barbas.
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Hablar de Quilapayún es remontarse a la piedra angular de la Nueva Canción Chilena, movimiento músico-social que vinculó de forma indisoluble la investigación folclórica con un férreo compromiso político. Hablar de Quilapayún es conjugar conceptos fundamentales como Pueblo, Memoria, Patrimonio, Consecuencia, Virtuosismo, Música, Arte y Cultura. Por eso, al enterarme unas semanas atrás de su presentación este pasado sábado 26 en Punta Arenas, no dudé un segundo y, con profunda emoción y entusiasmo me sumé junto a mi madre al concierto que conmemora los sesenta años de trayectoria de esta mítica agrupación.

El encuentro tuvo también un aliciente terreno-celestial: nos acompañaron unos amores compañeros que, habiendo trascendido esta realidad física hace algunos años, se ahorraron la entrada para estar presentes en espíritu; Talo Mansilla, Lalo Manzanares y Pato Pardo irradiaron su energía en este viaje mágico tintado de acordes y nostalgia.

Los “Quila”, puntuales y majestuosos, tomaron sus posiciones en el escenario abriendo los fuegos con la Cantata Popular Santa María de Iquique (1969), obra maestra compuesta por Luis Advis que amalgama el folclore latinoamericano con la música docta. Su relato musical describe el horror de uno de los pasajes más oscuros de nuestra historia: la masacre de la Escuela Santa María de Iquique, ocurrida el 21 de diciembre de 1907. Esta matanza es el vivo recordatorio de la injusticia social; por un lado, una oligarquía pisoteando una vez más a la masa trabajadora y, por el otro, miles de obreros pampinos que habían iniciado una huelga general en el norte de Chile para exigir condiciones laborales dignas, seguridad y salarios justos pagados en moneda legal y no en fichas de pulpería. Mientras las cifras oficiales del gobierno de la época intentaron sepultar la verdad hablando de 126 muertos, las crónicas independientes y la memoria colectiva estiman que las víctimas fatales superaron con creces las 3.000 personas.

El público, sumido en un respeto supremo, escucha atento el primer pregón que versa: «Señoras y señores, venimos a contar / aquello que la historia no quiere recordar. / Pasó en el Norte Grande, fue Iquique la ciudad, / mil novecientos siete marcó fatalidad». Ante esta realidad desgarradora, la audiencia se fundió con la interpretación; en el aire se percibía el valor en cada palabra, el dolor en cada nota, el peso de la historia en cada silencio. Fuimos en un santiamén náufragos surcando juntos las aguas de la melancolía y la memoria.

Recorrimos diversas canciones nostálgicas como “El cigarrito” del gran Víctor Jara y nos embriagamos al son de los tambores afrolatinos que acompañaban “Malembe”, entusiasmando a más de alguna asistente extasiada que se sumó a mover las caderas —de cuyos nombres ahora no me quiero acordar— (J. Sabina). Y coronando la jornada, el himno por excelencia revolucionario: “El pueblo unido jamás será vencido”.

Escuchar y ver a Quilapayún en vivo es mucho más que presenciar un concierto, es conectar de frente con la memoria, el dolor y la esperanza, fusionando una experiencia artística y social donde habitan el individuo y la comunidad, construyendo realidad y reivindicando que el arte y la cultura son vehículos de transformación y resistencia. Esto nos permite visibilizar realidades marginadas y denunciar injusticias sociales mediante la empatía y la reflexión crítica.

Gracias por la generosidad de su entrega, por mantener intacta esa fuerza que trasciende generaciones y por recordarnos, a través de cada acorde y poesía, de dónde venimos y hacia dónde transita nuestro corazón errante y soñador. 

Su música sigue siendo un refugio con faro de luz infinita.

Katia Schultheiss Taboada.
Magíster en Periodismo Cultural
*Imagen: LPA
   

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