Dinko y su Huella Imborrable
Lo conocí de nombre a mediados de los años 70, gracias a mi afición por el deporte en mi natal Puerto Natales. En aquellos años nos parecía casi increíble que la selección de fútbol de la ciudad tuviera un psicólogo. Era algo novedoso, sorprendente, y sin duda despertaba la curiosidad de toda una comunidad pequeña como la nuestra. Ese psicólogo era Dinko Pavlov Miranda. Jamás imaginé que con el paso del tiempo llegaríamos a forjar una amistad eterna.
Nuestra juventud transcurrió bajo la sombría y dolorosa dictadura que azotó a Chile. Sin embargo, el amor por la cultura, el arte y también las vivencias familiares nos fueron acercando a espacios de resistencia, donde tuvimos la oportunidad de conocer a muchas personas, pero sobre todo a verdaderos personajes. Entre ellos estaba mi querido y siempre recordado Dinko.
Fuimos compañeros y militantes durante muchos años. Aunque con el tiempo yo dejé mi militancia partidista, nuestra amistad permaneció intacta hasta el final de sus días. Porque estar con Dinko era, ante todo, celebrar la vida. Él vivía cada instante con intensidad, como si fuese el último, y lograba contagiar a quienes lo rodeábamos.
Cómo olvidar aquellas noches y madrugadas en que llegaba con una botella de vino bajo el brazo para hacerme levantar de la cama y escuchar el último poema o cuento que acababa de terminar. No era porque yo fuera un crítico literario ni mucho menos un erudito; simplemente necesitaba compartir ese nacimiento creativo con sus amigos, porque para él cada texto era como un hijo más.
Si me pusiera a escribir todas las anécdotas e historias vividas junto a él, este relato sería —como decía mi madre— “más largo que la esperanza del pobre”. Pero hay una que recuerdo con especial cariño, porque retrata exactamente quién era Dinko.
Un día llegó una invitación del Centro de Escritores de Comodoro Rivadavia para participar en un encuentro literario. Dinko, que además de escritor era un organizador nato —capaz de montar una fiesta, una comida o cualquier actividad donde reinara la camaradería— me pidió conseguir un vehículo para trasladar a doce escritores desde Punta Arenas hasta Argentina. En apenas un par de días ya había gestionado el dinero para el minibús y todos los gastos del viaje. Así partimos rumbo a Comodoro Rivadavia con nuestra delegación magallánica.
Fueron cerca de veinte horas de viaje entre historias, poesías, carcajadas, discusiones literarias y también más de algún ronquido. Un verdadero recorrido patagónico lleno de humanidad.
Participamos intensamente en aquel encuentro. Digo “participamos” porque, en mi condición de chofer, terminé incorporado a todas las actividades. Uno de los momentos más memorables fue la invitación del Sindicato de Panaderos a compartir empanadas y vino tinto junto a un invitado extraordinario: nada menos que Osvaldo Bayer, el inolvidable autor de La Patagonia Rebelde. Escucharlo fue un privilegio que aún guardo con emoción.
Pero como siempre, Dinko tenía preparada otra sorpresa.
Durante la cena de clausura se sucedieron los discursos y luego se presentó un dúo argentino que interpretó magistralmente zambas y chacareras. Al terminar su actuación, uno de los músicos preguntó al público si entre la delegación chilena había algún cantante dispuesto a compartir una canción.
Éramos cerca de veinte personas entre representantes de Aysén y Magallanes. Reinó un silencio absoluto. Nadie se atrevía.
Hasta que apareció él.
Dinko tomó el micrófono y, sin orquesta ni acompañamiento alguno, comenzó a cantar un improvisado popurrí que muchos de nosotros ya conocíamos: valses, tangos, chachachás y hasta una inolvidable interpretación de Granada, desplegando aquella voz de tenor que tanto lo caracterizaba.
Los argentinos no podían creerlo. La ovación fue inmediata: aplausos interminables y todo el salón de pie. Aquello no estaba en el libreto de ningún productor de espectáculos. Era simplemente Dinko siendo Dinko: irrepetible, auténtico, desbordante de talento y humanidad. Y nosotros, orgullosos de llamarlo amigo y compañero.
Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo sabemos cuánto significa que su nombre permanezca ligado a la Feria del Libro de nuestra ciudad. Ese homenaje debe protegerse y perdurar en el tiempo, porque Dinko dejó una huella profunda en Magallanes y en su gente.
Dicen que en la enfermedad uno descubre realmente quiénes están a su lado. Y aunque el desenlace de su enfermedad era inevitable, Dinko estuvo siempre acompañado por el cariño inmenso de quienes lo querían. Su casa se transformó en una verdadera vigilia de afectos, donde personas de todos los sectores sociales llegaron para despedirse de él. Porque Dinko ayudó a mucha gente, y cuando su situación económica se lo permitió, fue extraordinariamente generoso.
Su legado literario quedará para el análisis de los expertos y estudiosos de la cultura. Yo solo quise recordar aquí a un amigo entrañable, a un soñador incorregible, a un hombre que celebró la vida hasta el último instante y cuya memoria jamás olvidaremos.
Por: Jaime Bustamante H.