• 3 de agosto de 2026

Recuperar la esencia de nuestro Festival de la Patagonia

 Recuperar la esencia de nuestro Festival de la Patagonia
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Fui el segundo día a disfrutar de la música en esta nueva edición del Festival de la Patagonia. Elegí ese día porque era el que más se acercaba a mis expectativas de lo que debe ser un festival: un espectáculo con calidad, identidad y alma.

Quiero recordar que soy parte de la historia de este festival desde que renació, tras el interregno ocurrido en 1978, hasta 1990. Protagonista, porque tuve la suerte y la alegría de colaborar en su organización junto a muchos magallánicos que, con más voluntad que recursos, lo levantaron hasta que la Municipalidad asumió su producción.

No daré nombres, porque muchos y muchas ya son reconocidos públicamente. Pero hubo también un ejército de personas anónimas que entregaron vacaciones, dejaron de lado sus negocios y se dedicaron por entero al festival, movidos únicamente por el amor a la música y a la cultura magallánica. Yo mismo, como transportista, muchas veces puse mi vehículo a disposición para trasladar artistas, cobrando apenas el combustible. Y lejos de ser un sacrificio, fue un privilegio: compartir amistad y conversación con figuras como Los Chalchaleros, Víctor Heredia, Inti Illimani, Teresa Parodi, Manuel García, León Gieco, César Isella… y tantos jóvenes músicos que llegaban desde Argentina y Chile a la competencia.

Las anécdotas abundan. Como aquella vez que olvidé la documentación de mi vehículo llevando a César Isella y sus músicos al aeropuerto de Río Gallegos. Gracias al respeto y admiración de los gendarmes por el artista, pude cruzar la frontera sin papeles.

El festival no se limitaba al escenario mayor. Su vínculo con la ciudadanía era profundo: visitábamos colegios, juntas de vecinos, peñas solidarias, actos culturales, incluso la cárcel, llevando música y esperanza a quienes estaban privados de libertad. Todo esto era posible porque la organización entendía la cultura como un puente que debía llegar más allá de lo institucional, más allá de lo que puede ver un funcionario que cumple simplemente con su trabajo.

Cómo olvidar las cenas y almuerzos de despedida, donde artistas y colaboradores nos reuníamos para celebrar el cierre del evento y renovar fuerzas para el próximo año.

Quizás los tiempos han cambiado, o hemos cambiado nosotros. Hoy se dice que existen más actividades de pasatiempo, y puede ser cierto. Pero yo sostengo que un festival tan arraigado como el de la Patagonia tiene una esencia marcada desde sus inicios: fue creado y sostenido por personas que amaban la cultura, la amistad, su tierra, y que querían transmitir esos sentimientos. Ese amor fue el motor que dio vida al festival. Las instituciones públicas y sus funcionarios, por más buena voluntad que tengan, no pueden replicar esa pasión. Y no es culpa de ellos: simplemente las cosas son como son.

No quise dar nombres, porque cada uno sabe lo que hizo y lo que entregó. Mi abrazo y agradecimiento a todos los que hicieron y que hicimos posible este sueño llamado Festival de la Patagonia.

 

Por: Jaime Bustamante H.

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