ESA MANO ES LA PRUEBA VIVA DE QUE LA CLASE OBRERA TAMBIÉN PUEDE GOBERNAR
Esa mano no es perfecta. Le falta el meñique. Se lo arrancó una prensa a los 17 años trabajando como tornero en una fábrica.
No es la mano de un heredero. No es la mano de un banquero. Es la mano callosa de un trabajador, de quien sabe lo que cuesta llegar a fin de mes.
Y por eso es nuestro símbolo.
Mientras nos quisieron hacer sentir vergüenza de ser de izquierda, de ser obreros, de hablar de sindicatos y de justicia social, esa mano nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos.
Ser de izquierda es orgullo de clase. Es reivindicar que el poder puede venir de abajo, del taller, del barrio.
Esa misma mano que se lastimó trabajando, fue la que sacó a 36 millones de brasileños del hambre y le dio universidad a los hijos de los trabajadores.
¡Grande, Lula!