• 4 de febrero de 2023

Opinión. Frente a la crisis sanitaria local, de graves consecuencias socioeconómicas y emocionales

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Por: Antonieta Oyarzo A.

Existe una acumulación de angustia y resentimiento que ya nadie resiste, donde se han reflotado viejos resabios de clase, donde todos han pagado costos altísimos, donde nadie ha recibido respuesta alguna que suene coherente; por ello hoy en día hay un sentimiento y necesidad imperiosa de volver a retomar una normalidad que no está ausente de un riesgo sanitario real, pero la desesperación y la necesidad es tal que se está dispuesto a asumir dichos riesgos. En suma, Puerto Natales está a las puertas de su propio estallido social.

 

Al comienzo de la Pandemia de Covid-19, nuestra comuna presentaba muy bajos indicadores de contagio, debido a diversos motivos, tales como la situación geográfica y una población escasa en comparación a otras urbes. La situación sanitaria fue variando para peor en parte debido a la falta de una estrategia local y a la ausencia de medidas sanitarias estrictas, equitativas e igualitarias que se transformaron en confusas e insuficientes y que en definitiva derivaron en las serias consecuencias de aumento de los indicadores de contagio que exhibimos hoy. La prolongada cuarentena y el encierro fue provocando un daño social, emocional, amén de una fuerte crisis económica.

Esta crisis económica no da tregua. A esto hay que sumarle la incertidumbre, el miedo y el escaso o nulo apoyo eficiente y oportuno desde el Gobierno. La falta de comunicación y participación vinculante entre las autoridades y las ciudadanas y ciudadanos, que son en definitiva los actores pertenecientes a los más diversos sectores productivos, no sólo los vinculados al turismo en forma directa o indirecta, sino todos los que mueven la economía local, terminó de configurar este contexto social y económico donde cada uno quedó prácticamente condicionado o condenado a sus propios recursos y a sus propias estrategias de sobrevivencia. Peor aún cuando aquí hay sectores productivos que no han disminuído su actividad, como las salmoneras, que como se sabe, han sido focos importantes de contagio. ¿Qué las hace diferentes?

Las crisis obligan a reiventarse, pero esto se hace posible en la medida que las redes de confianza y cooperación operen, donde la empatía y la solidaridad actúen y los problemas individuales y sectoriales se aborden colectivamente. Esta crisis no sólo nos reveló cuán débil es este Estado protector, cuán desprotegidos socialmente estamos, sino también como a veces el individualismo instaurado en este modelo económico influye y genera pésimas tomas de decisiones, sin sentido del bien común.

Este tiempo no ha sido fácil , la incertidumbre y el miedo han sido los sentimientos recurrentes, y también la rabia y la impotencia de ver que nuestros proyectos y sueños agonizan, que nos cerraron las puertas, que tenemos que bajar las persianas de los negocios y actividades que nos dan sustento porque los llamados a protegernos no actuaron con el debido carácter y celo que se espera de ellos.

Frente a las crisis, todas y todos actuamos en base a nuestras fortalezas y buscamos alternativas de ayuda. El tiempo de esta crisis se ha prolongado más de lo que llegamos a imaginar, por lo que algunos sectores decidieron organizarse y establecer una movilización que hiciera visible esta situación social y que ponga en evidencia la falta de capacidad de las autoridades locales y provinciales, donde la desconexión con la realidad y la indolencia pasan a ser prácticas consuetudinarias, más aún con los sentires y expectativas de la ciudadanía. No hubo una proyección del cómo se iba a desarrollar esta situación, tampoco propuestas de gestión o de trabajo en conjunto, y si las hubo resultaron débiles y acomodaticias. Una autoridad debe crear un ambiente propositivo, promover la participación, el diálogo y liderar decididamente las acciones de cooperación mutua, no sólo administrar las escasas ayudas y programas que son planificados en los escritorios de la capital.

Lo cierto es que hoy nuestra comuna está en una situación de crisis sanitaria, económica, pero por sobre todo humana, encerrados en sus casas, tal vez con poco o nada para comer, mordiendo la rabia al escuchar a ciertos intervalos de tiempo cada vez menos distanciados entre sí como los aviones no paran de llegar.

Existe una acumulación de angustia y resentimiento que ya nadie resiste, donde se han reflotado viejos resabios de clase, donde todos han pagado costos altísimos, donde nadie ha recibido respuesta alguna que suene coherente; por ello hoy en día hay un sentimiento y necesidad imperiosa de volver a retomar una normalidad que no está ausente de un riesgo sanitario real, pero la desesperación y la necesidad es tal que se está dispuesto a asumir dichos riesgos. En suma, Puerto Natales está a las puertas de su propio estallido social.

Las movilizaciones ciudadanas no son intrínsecamente buenas ni malas, sean estas ordenadas o desordenadas o catalogadas como tal dependiendo de quién llama a efectuarlas, y dicha catalogación resulta en un ejercicio espúrio que a estas alturas no procede. Lo que sí podemos definir con alto grado de certeza es que una movilización venga de donde venga, es la expresión de desacuerdo y rechazo respecto a algo y siempre es una muestra de que las cosas no se están haciendo bien. Acá la gente no está pidiendo a voces medidas extraordinarias de ayuda, no quiere el asistencialismo barato en el que algunos se han vuelto expertos. Lo que pide es espacio y condiciones para poder volver a trabajar. ¿Es tan difícil de entender?

Nuestra Comuna es parte de una región que requiere de una mirada especial, de una estrategia de reactivación económica integral, pero diferenciada, y a la vez de un liderazgo de gestión local con voluntad y real compromiso de claridad con la dura e insegura realidad en la que hoy por hoy todos y todas convivimos.

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