• 16 de agosto de 2026

El chileno que le hizo una jugada a la muerte.ULISES GALLARDO: EL HOMBRE QUE NACIO DOS VECES

 El chileno que le hizo una jugada a la muerte.ULISES GALLARDO: EL HOMBRE QUE NACIO DOS VECES
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*(Por Manuel Gandarillas)

Fondeado en los mares rnagallánicos en 1920. goza hoy día de espléndida salud. ESTAMOS sentados frente a a un hombre sencillo y afable, buen amigo, alegre y charlador. Se llama Ulises Gallardo y lleva sus cincuenta años como un muchacho que empieza a vivir, y es magallánico de “tomo y lomo”. 

Luchito Vergara y los muchachos de la Redacción de Sesiones de la Cámara de Diputados lo llaman “El chiporro”.

Ninguno de estos detalles tiene interés, ni siquiera novedad. Sin embargo, Ulises Gallardo es digno de codearse con su tocayo, el héroe de la Odisea, y acaso sea más grande que el personaje Homérico, por cuanto el Rey de Itaca es hijo de la imaginación portentosa del poeta y Ulises Gallardo es un chileno que le hizo el más fantástico pase de muleta a la muerte; es decir, luchó con ella durante una noche espantosa, y empleando a fondo las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu logró vencer al “Ángel de las tinieblas”. Fueron horas de angustia mortal. Las tempestades y las aventuras del héroe griego fueron vividas en una sola noche y un solo racimo por este nuevo Ulises que, con esa sencillez que emana de todo lo grande y solemne, nos relata su odisea en la lejana Punta Arenas, en una noche de julio del distante y agitado año 20, postrimerías del Gobierno de Sanfuentes y amanecer del alessandrismo. entre 10s compases del popular “Cielito lindo”, que como dice Galileo Urzua, empezaba a desgranarse como una mazorca de maíz. 

DIRIGENTE OBRERO

Eran los días ardientes de la Federación Obrera de Magallanes. que por su espíritu combativo y de avanzada fue considerada por la gente de la época como instrumento de desorden y subversión. Ulises Gallardo, luciendo como una bandera de rebeldía su ideal libertario y el manojo quemante de su juventud, ocupaba uno de los cargos directivos de la federación. En la noche del 27 de julio el local de la Federación Obrera fue asaltado e incendiado y sus dirigentes perseguidos y encarcelados por considerárseles maximalistas peligrosos. 

Estamos presentando el ambiente de la época en forma simplemente objetiva, pues la índole y posición de nuestra revista es de absoluta prescindencia partidaria.

***

La distancia, el aislamiento de la zona, la época en que se desarrollaron los acontecimientos y más que nada las pasiones exacerbadas, dieron lugar a los trágicos días negros de Punta Arenas.

Ahora nos limitaremos a transcribir las emociones sufridas por Ulises Gallardo en una noche helada y ventosa del riguroso invierno austral. conservando por entero la simplicidad elocuente de esta narración que parece haberse desprendido de las páginas terribles de una novela rusa. 

!YO FUI FONDEADO!…

 -Hasta el día de hoy – nos dice Ulises Gallardo – ignoro las causas precisas de mi detención. Por la forma absurda en que se me trató, ya que no fui sometido a ninguna clase de proceso, he llegado a pensar que no fui encarcelado por representantes de la ley, sino por miembros de una banda de secuestradores y criminales. 

Se me encerró en una celda oscura y mal oliente. Mis guardias no usaban uniforme vestían de civil, arrebujados en grandes abrigos al estilo magallánico. Ignoro sus nombres. Una sola vez oí que a uno de estos cancerberos lo llamaron Oteiza. Era un hombre esmirriado. con cara de le chuza y con ojos pequeños en que ardía una luz de perversidad que no he podido olvidar nunca

Mis carceleros eran dos: ese hombre esmirriado y un mocetón de manos grandes y pesadas, cuyos golpes debí sufrir en largos y torturantes interrogatorios.

Dos o tres veces fui conducido bajo una luz mortecina a la presencia de dos vejetes que se daban ínfulas de jueces y que no pasaban de ser dos malos comediantes.

Se me interrogaba siempre sobre lo mismo: el paradero de los dirigentes prófugos. Como todas las preguntas se estrellaban contra mi mutismo, uno de los viejos hacia una señal con una mano larga y descarnada y el mocetón de las manos grandes me propinaba bofetadas con tal brutalidad que yo perdía el conocimiento. Me recobraba de los golpes el frio del pavimento del calabozo. No tenía noción precisa del tiempo. Las horas transcurrían iguales y desesperantes. Me dolía todo el cuerpo, especialmente la cabeza y el rostro hinchado y adolorido por efecto de los golpes. 

¿Serían dos, tres o cuatro días lo que duró mi prisión? No puedo decirlo con certeza. En dos ocasiones me dieron un poco de agua y un mendrugo de pan.

Me sentía tan abandonado, infeliz y miserable que deseaba, con cierta impaciencia, una muerte rápida y dulce que me libertara de esa agonía lenta en las garras de esos rufianes desprovistos de todo sentimiento humano. 

LA MUERTE EN EL MAR 

Por fin llegó la hora. Sin que tribunal alguno me condenara, mis guardianes me sacaron de la celda a empellones y con las manos atadas a la espalda me condujeron a un patio. Era de noche y un viento helado refrescó rnis mejillas moradas y tumefactas. 

Allí note la presencia de otros presos a quienes no he vuelto a ver. Nos metieron apretujados como sardinas en un furgón que partió con rumbo desconocido. Nadie hablaba A través de una mirilla enrejada pude ver las luces de la ciudad, y como buen hijo de Punta Arenas me di cuenta de que el camión corría por la calle Valdivia en dirección a la playa

Nos embarcan -pensé–, y luego, como un aletazo negro, me asaltó el presentimiento de que nos llevaban a1 mar, simplemente para fondearnos. Era lo más corto y lo más fácil. No experimentaba miedo alguno: entre vivir perpetuamente atormentado por los golpes del mocetón de manos grandes o morir ahogado en las aguas magallánicas, prefería morir. La muerte por inmersión es rápida, -pensaba-, lo único terrible es el primer contacto con el agua. Después uno se adormece y cae en el descanso eterno. No recuerdo si pensé en otras cosas, pues estaba como embotado. La presencia de la muerte no tenía nada de aterrador. Experimentaba un profundo cansancio y un enorme deseo de descansar.

 En la playa me separaron del resto de los presos. Me llevaron hasta un bote y me tendieron en su fondo; me amordazaron, y con cordeles y alambres ataron una larga y pesada piedra a mis pies. Hasta mis oídos llegaba el ulular del viento y el chapotear de los remos en el agua invisible en la oscuridad profunda de la noche, de la última noche de mi vida.

 advertí que mis asesinos no conocían la bahía, pues titubeaban y discutían el rumbo que en esa verdadera boca de lobo les habría costado trabajo mantener a marinos experimentados.

Navegamos cerca de cinco minutos. Los remos se detuvieron. El par de desalmados me levantó, uno por los hombros y el otro por los pies, y sin cambiar palabra alguna me arrojaron por la borda como se arroja un tronco al vacío. Gemía el viento junto al ruido sordo del mar. 

Al contacto del agua fría, no obstante la mordaza, deje escapar un grito gutural y ahogado. 

-Liquídalo con el remo ordenó entonces uno de los boteros. La obscuridad les impidió dar en el blanco. 

En ese momento reaccioné; el agua me despertó y sentí unos deseos terribles de vivir. Callé para evitar los golpes del remo. Por lo demás, yo no me hundía El agua apenas me llegaba a la altura de la boca; manteniendo la cabeza un tanto erguida el oleaje me golpeaba el pecho. Mi cuerpo, gracias a1 peso de la piedra. se mantenía siempre en posición vertical; era como uno de esos monos porfiados que mediante el peso en la base se mantienen siempre de pie. 

El desconocimiento absoluto que mis asesinos tenían de la bahía, la obscuridad y Dios, fueron mis auxiliares decisivos en mi lucha contra la muerte. 

Sentí otra vez el chapotear de los remos en el agua: el bote se alejaba.

Me di cuenta que en vez de haberme arrojado en el centro de la bahía, los boteros improvisados me habían dejado sobre una punta arenosa, cerca de la desembocadura del río Las Minas. Entonces me aferre a la vida con desesperación. Sentía casi ternura por rnis asesinos que sin pensarlo me habían depositado sobre una puntilla de roca y arena. El mar tampoco parecía querer devorar mi cuerpo, pues estaba tranquilo como un lago a pesar del viento helado que soplaba con fuerza. Era preciso libertarse de las amarras para seguir viviendo, o más bien dicho, para nacer por segunda vez.

Reuní en un solo haz rnis fuerzas físicas y empecé una lucha. silenciosa, sin cuartel, y mano a mano con la muerte, que ante la imposibilidad de ahogarme pretendía congelarme como un chiporro en el agua que me helaba hasta los huesos. Aferrado al instinto de conservación que se adueñaba de todo mi ser. comencé a forcejear con desesperación. El constante esfuerzo me defendía del hielo que me hería con sus mil cuchillos. 

De pronto una de mis manos quedó libre. Creo que celebre este hecho con una tremenda carcajada de felicidad. Luego zafe la otra y con las dos manos me dedique a la tarea de libertar mis pies. Trabajé más de una hora y por fin pude moverme con soltura, no obstante uno que otro calambre, provocados por el frío y la posición forzada en que estuve tanto tiempo.

Salí por la puntilla con el agua al pecho. Luego hasta la cintura y por último con el agua a las rodillas gané la playa donde me tendí abrazándome a la arena como al cuerpo de una mujer.

Luego, como si hubiese sido una sombra o un fantasma, crucé calles solitarias y llegue a casa de un amigo, suboficial de marina. 

Allí se me recibió como lo que yo era en realidad: un recién nacido. Se me dio café caliente con una caña de grapa (aguardiente), y bajo una montaña de frazadas dormí tres días consecutivos.

Había luchado con la muerte y la había vencido -termina diciéndonos Ulises Gallardo-, que como el legendario rey de Itaca tuvo también su odisea en el mar helado y tormentoso de Punta Arenas. 

M.G.

(Publicado en revista “En Viaje”, septiembre 1957)

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