• 15 de julio de 2026

«Si no amanso, esquilo»

 «Si no amanso, esquilo»
Compartir Noticia

*ROMEDIL BITTERLICH VASQUEZ

Vivía con su madre en una casa que estaba en la playa más allá del frigorífico Natales. Su padre trabajaba en Argentina y José realizaba mil cosas para colaborar con el sustento de su familia; tanto era pescador o carpintero arreglando cercos y él se decía amansador de caballos. Por eso sus amigos lo apodaron: «Si no amanso, esquilo»,

La madre de Quiroga era muy anciana, pero se las arreglaba para que su hijo anduviera bien arregladito y limpio, especialmente los sábados y domingos cuando lucía muy elegante; le gustaba mucho el baile.

En el frigorifico Bories trabajaba como descarnador de cueros, trabajo consistente en sacar los restos de carne que quedaban en la piel del animal cuando el carnicero los dejaba mal carneados. Los cueros podían ser de corderos, capones, ovejas o cojudos. Esta labor se realizaba con «cuchillón», una herramienta bastante pesada.

En ese tiempo, el frigorifico faenaba más de tres mil animales diarios. En ese trabajo, demasiado pesado para su pequeño fisico, se encontraba mi amigo Quiroga. Era un tanto tartamudo y contestaba con dificultad: -Yo hago estos trabajos pesados, porque gano más y así ayudo a mi viejita.

Terminada la faena marchaba a trabajar en los arreos de las estancias argentinas. José se reía de su defecto lingüistico y decía: -Si no puedo decir las cosas hablando, las digo cantando.

Tomaba la guitarra y cantaba bastante bien. A veces le costaba mucho empezar; se le enredaba la lengua y echaba a perder todo. Al regresar de Argentina, conseguía nuevamente trabajo en Bories. Por las tardes, cansado, no permitía bromas. Regresaba a la estación por la parte de atrás de los galpones para llegar a la máquina y no encontrarse con algunos de sus compañeros, que le hacían chistes de mal gusto por su modo de caminar. Él decía que era por culpa de un caballo que lo había volteado cuando estaba amansando. Al oir esta explicación los demás reían, pues sabían que era un mal jinete.

Al regresar a los carros para llegar a Natales, Quiroga se quedaba dormido. Era tanto su agotamiento que lo dominaba el sueño. En algunas ocasiones se acompañaba de Rigoletto, pues iban por la misma calle, eran muy amigos y ambos tocaban la guitarra.

Una mañana, cuando llegaban a la matanza del frigorífico, todos se sorprendieron cuando lo vieron muy contento. Los trabajadores le preguntaron: -¿Qué te pasó, José? El respondió como hombre ganador: -¡Por fin, vamos a tener una compañía de bomberos en Natales!

Invitó a todos para asistir a una reunión en la calle Eberhard, al lado de José Iglesias. Realmente estaba entusiasmado. Sus compañeros comenzaron a verlo con otros ojos, y ya no fue objeto de burla, sino una persona que se interesaba en los demás y que estaba dispuesta a colaborar en beneficio de la comunidad.

Incansable continuó buscando socios y en invierno, un 29 de mayo, se fundaba la Primera Compañía de Bomberos, «Bomba «Natales», en la que se encontraba José Quiroga como socio fundador y primer pistonero.

Como la gente no sabía lo que era un pistonero, le consultaba. Tardaba bastante en responder, pero cuando tomaba fuerza podía decir todo un discurso con explicaciones adecuadas y correctas. Su prueba de fuego fue el incendio de la curtiembre del frigorifico Bories, que según los rumores de la época fue provocado por la propia Sociedad Explotadora.

Quiroga tenía predilección por el futbol, las regatas y sobre todo por el baile. Le gustaban los tangos. Las noches de sábado eran su gran alegría, pues podía mostrar sus dotes de bailarín. En un baile en el Club Natales, tocaba la orquesta más popular de aquellos tiempos, formada por Miguel Gómez, Alejandro Díaz y Zúñiga en la guitarra. Con los primeros sones musicales buscó en forma apresurada una pareja para bailar ese tango.

Amparo Alvarez era una mujer muy alta, bien educada y muy simpática. Cuando vio a Quiroga se levantó de su asiento y José recién se dio cuenta de su equivocación. Se puso tan nervioso que no le salió palabra alguna frente a esta señorita, que para él era de gran estatura. La música finalizó y él estaba alli, sin poder decir ninguna palabra. Lleno de vergüenza, se sentó un momento y después salió tan ligero del lugar que dio la impresión que lo perseguía el mismo Lucifer.

El lunes, los compañeros, que sabían lo que había ocurrido, le preguntaron: -¿Cómo está tu novia?. -¿Bailaste mucho con tu petisa?. A Quiroga se le despertó el demonio que llevamos dentro y comenzó a insultar a los trabajadores del establecimiento. Tomó su cuchillón y amenazó con matar a cualquiera que se le acercara. Corrió por la matanza gritando y llorando. Afortunadamente intervino el capataz Marin, que puso orden y envió a todos a reintegrarse a sus trabajos

A Quiroga se le descompuso el genio. Cada dia estaba más grosero. Sólo se apaciguaba en la Compañia de Bomberos, especialmente los viernes, cuando los que sabían más de cuestiones bomberiles realizaban instrucción a los nuevos voluntarios.

Aun así comenzó a sentir un especial rencor por el voluntario Wilson, que era un hombre macizo de un metro ochenta de estatura. No perdia oportunidad para demostrarle su odio, que seguramente se debía a que también realizaba las funciones de pistonero.

Wilson lo miraba desde su altura y se reía de las amenazas de Quiroga, que debía medir alrededor de un metro cincuenta. Todo esto resultaba divertido para los demás al apreciar la enorme diferencia de tamaño de los rivales.

Quiroga enfermó y perdió su trabajo en Bories. Pero no descansó. fue minero en Río Turblo y carpintero en una empresa. Sin embargo, su salud estaba resentida y no podia trabajar.

Se encontraba en un estado misérrimo, cuando solicitó permiso para cuidar lo que quedaba del Sindicato de Campos y Frigorificos, que por esas cosas del destino habia pasado a manos del cuerpo de bomberos por la desaparición del sindicato

Allí murió. Solo y pobre. Nadie recordó los sacrificios de José Quiroga cuando en muchos siniestros acudió lleno de fe a salvar la propiedades ajenas. Y cuando lo fueron a enterrar, nadie supo que llevaban a uno de los fundadores del Cuerpo de Bomberos de Puerto Natales.

Revista Impactos

Más Noticias