• 4 de diciembre de 2021

HISTORIA – Carta de Monseñor José Fagnano dirigida a Ramón Serrano Montaner

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NOTA DEL EDITOR:

Le hemos dado espacio a crónicas, que no aparecen en la historia oficial, que se nos enseña en nuestros colegios. Muchos lectores tuvieron acceso a la crónica anterior extraída del diario El Chileno– hasta ahora no publicada en ningún medio ni libro- que se refiere a lo acontecido en septiembre de 1895 en la ciudad de Punta Arenas.

Fueron 150 individuos perteneciente a la raza Ona o Selknam que fueron traídos desde Tierra del Fuego a la ciudad capital del territorio; se transcribe una carta dirigida al director del diario El Chileno donde se describen escenas patéticas de abusos para con esos compatriotas nuestros.

Esto se produce cuando era Gobernador del territorio Manuel Señoret. Autoridad hasta ahora admirada y respetada por la historia regional; fue Señoret quien permitió la colonización para Chile de los territorios de Ultima Esperanza, donde hoy vivimos, parte de geografía de Chile que era ambicionada por Argentina.

Luego que el diario santiaguino publicara estas horrendas noticias del trato de los chilenos contra los aborígenes; desde otro diario de la capital fueron apareciendo cartas defendiendo el actuar de Manuel Señoret. Uno de los personajes que sale al ruedo es un también oficial de la Armada de Chile, llamado Ramón Serrano Montaner. Serrano se nos aparece en la historia oficial como un geógrafo y agrimensor a cargo de explorar territorios en disputa con Argentina. Sin ir lejos, el Río Serrano, al interior del Parque Nacional Torres del Paine fue explorado por él.

Serrano siempre aparecía en nuestra historia como impoluto, no contaminado con los especuladores de la tierra, de aquellos años. Pero la historia es la gran alcahueta y nos dice que fue Serrano Montaner con el visto bueno de Señoret, quien solicitó al Presidente Balmaceda el millón de hás en Tierra del Fuego para la Sociedad Explotadora Tierra del Fuego de propiedad de José Nogueira y su esposa Sara Braun.

A Ramón Serrano Montaner va dirigida la carta en el diario El Chileno escrita de puño y letra de Monseñor José Fagnano el 1º de enero de 1986. Este cura italiano era el superior de las misiones salesianas en Magallanes y Tierra del Fuego. Los salesianos como congregación estuvieron a cargo de las misiones de indios ubicadas en Isla Dawson ( Chile) y San Rafael ( Río Grande, Argentina). Allí llegaron todos los onas desterrados de sus dominios ancestrales. Esos territorios se necesitaban para la crianza de ovejas.

Por favor al leer la carta completa. Cualquier lector acucioso y diligente quedará sorprendido con la frase de Fagnano “ Júzguense, ahora sin perjuicios y se verá en qué lado está la razón” . Tanto el religioso como sus contendores en el proceso dan por sentenciado para la historia que el pueblo Selknam no tenía lugar en los paisajes y territorios asignados por el creador en la faz de la tierra.

Nota final: Nuestros agradecimientos por la documentación entregada a nuestro medio por el sociólogo natalino Ramón Arriagada y el investigador Héctor Catalán en el Archivo Nacional de Chile.

 

 

Fuente: Diario “El Chileno”

País. Chile

Lugar. Santiago

Fecha. Enero 1º. De 1896

Página. 1

Columnas. 1-4

Título y Reseña:

LOS ASUNTOS DE MAGALLANES

CÓMO CIVILIZA A LOS INDIOS EL SEÑOR SEÑORET Y COMO LOS CIVILIZAN LOS SALESIANOS

CARTA ABIERTA III

CONTENIDO.

Señor don Ramón Serrano Montaner.

Muy Señor Mío:

Hablando de los 164 indios que el señor Gobernador actual de Punta Arenas arrebató a los Misioneros para localizarlos allí a su manera dice usted:

En cumplimiento de su deber, el Gobernador mandó el vaporcito Huemul en busca de esos indios, y después de muchos trajines ocasionados por el mal tiempo, pudo traerse a Punta Arenas a todos ellos. A fin de atender mejor a su subsistencia y tal vez con el propósito de hacer un ensayo para acercarlos a entrar en la vida civilizada y que pasen a ser luego miembros útiles de la sociedad de Punta Arenas. El Gobernador nombró una comisión compuesta de cuatro personas de las más respetables de la Colonia para recibir a esos indios, alimentarlos, alojarlos y proporcionarles los medios de aprender algún trabajo remunerativo”.

Mal servicio presta al Gobernador de Punta Arenas, proponiéndose excusarle del modo que lo hace, de los vergonzosos actos de que le acusen. Trátese, es verdad, de una partida de indios que se hallaban reducidos en las Estancias de la Sociedad Explotadora de la Tierra del Fuego. Lo corriente hubiera sido recogerlos y enviarlos a la Isla Dawson, donde se hallan establecidos los Salesianos expresamente para dedicarse al cuidado de ellos.

Que se remitan y donde hay en la actualidad reunidos más de doscientos. Pero, no es el caso que el señor Señoret ha roto los platos con los Salesianos y no quiere sufrir, lo que él tal vez llamaría humillación, de tener que hacer uso de su servicio.

Malas lenguas hay, que así como se complacen en afirmar que los Salesianos no recibiendo a los indios perdían más de una libra por cabeza, así dicen también que tomándolos a su cargo el señor Señoret podría disponer de una cantidad de dinero que representaría algo más que esa suma. Yo no soy de los que creen que tan mezquinos móviles hayan sido causa ocasional de los hechos graves que han dado y dan lugar a tantas discusiones. Supongo más bien que todo fue debido al empecinamiento del señor Señoret que no quiso tan fácilmente dar su brazo a torcer, pareciéndole el caso tal vez de tan fácil resolución como el echar la firma a un decreto.

Pero por lo visto le ha salido de la torta un pan. Desde luego bastaba tener un táctico de mal en la mollera para comprender que no sería un espectáculo de los más edificantes, el tener a una población de gente culta ver una caravana de indios vestidos con el traje de Adán, y ofreciendo todo el desaseo y la asquerosidad de la vida salvaje.

Lo que pasó en el acto del desembarco de los indios está bien descrito en el informe que la Comisión de Recepción de los mismos pasó al señor Gobernador.

Citaré sus palabras.

Cuando nos hicimos cargos de los indios a su llegada a Punta Arenas, la mayor parte, sobre todo los niños pequeños, venían completamente desnudos, a excepción de una que otra india que se cubría con un pedazo de capa de guanaco todo raído”.

¿Le parece usted, señor Serrano, que es un buen medio de civilizar a bárbaros y educar a civilizados el hacer pasear a una caravana de indios desnudos y sucios por las calles de una ciudad? . ¿Qué diremos después a los niños, cuando les prohibimos tener estampas inmorales y obscenas, si les permitimos ser testigos de vida de aquellos que el pudor, el buen sentido, el instinto mismo manda que permaneciera siempre velado y oculto?

Perdóneme usted si me expreso con demasiada claridad; pero no lo puedo hacer de otra manera cuando se trata de condenar y estigmatizar algo, no solo contrario al buen sentido, sino que repugna a los más elementales principios de la moral. Trabaje usted en la escuela años y años para educar a una generación: ¿A qué arribará usted con sus trabajos, si hay luego quien en un solo momento destruye, la ímproba tarea de muchos años con espectáculos inmorales y vergonzosos?. ¿No es acaso verdad aquello de que pueda más un mal ejemplo que cien buenos consejos?

Si el señor Señoret no supiera lo que son los indios, o no conociera a los infelices habitantes de la Tierra del Fuego, bien se podría admitir la excusa que da el señor Serrano, a la conducta observada por el señor Gobernador al traer los indios a Punta Arenas. Pero ¿ Es posible creer que un hombre ilustrado como parece ser el señor Señoret, no cayera en la cuenta de los serios inconvenientes que resultarían de llevar un gran número de indios a un lugar poblado y sin instalación alguna para recibirlos?

Que faltarán lugar para albergarlos cuando llegaron a Punta Arenas, lo dice la Comisión al afirmar… “Que se les destinó por lo pronto al galpón que hay a inmediaciones del muelle de pasajeros… que hubo que mantener resguardados por agentes de policía, por la gran aglomeración de gente curiosa y para evitar la sustracción de niños”.

Además, se desprende de las palabras del artículo de usted que citó al principio, creía el señor Señoret civilizar a los indios por el simple hecho de llevarlos a Punta Arenas; cuando un poco de buen sentido, basta para dar a conocer que era ese el mejor medio para acabarlos de barbarizar, si se me permite la palabra, pues con su nuevo género de vida errante, irían añadiendo a las faltas inconscientes de salvaje los vicios que pudieran adquirir con el contacto del hombre civilizado.

En efecto, ¿Dónde habían de ir esos indios una vez que salieran del galpón, en que a manera de ovejas se les había encerrado? Lo dice la Comisión: “Resolvimos distribuir los niños mayores de seis años… y como no es posible que los demás continúen viviendo en la población y para el bien de ellos mismos, hemos mandado construir en el Cajón del Río de la Mano cuatro pequeñas casas del material más barato, para que sean trasladados allá las familias sobrantes”.

Dice el informe que los niños entregados entre hombres y mujeres ascendían a veinte y el costo de las cuatro casuchas construidas ascendía a ciento cuarenta pesos.

¿Cómo podrán dar cabida a los ciento cuarenta indios restantes?. Esto digo porque se me hace difícil creer que a excepción de los veinte niños repartidos, alguien haya querido hacerse cargo de hombres y mujeres que sólo servían para comer y dar trabajo.

¿Qué podrían hacer esos pobres indios hacinados de tal suerte en los ranchos que se les había preparado?. Llorar en cautiverio la pérdida de la libertad y de sus hijos, porque el que los conoce sabe que aunque salvajes, tienen corazón y afectos paternales, vagar por las calles en busca de sustento y luego prepararse a morir en tierra extraña sin asistencia ni auxilio de ninguna clase.

Sabido es lo que padece el indio fueguino cuando sale de sus islas y de sus bosques y ve cambiado su sustento. Por estas causas hemos visto morir a muchos en Punta Arenas y de los últimos llegados han fallecido doce de pulmonía, quedando otros gravemente enfermos, según me consta de cartas recibidas un mes después de su desembarco. ¿Será de esta manera que el señor Señoret se propone beneficiar a los indios?

Además, ¿No es cierto que se hayan presenciado espectáculos repugnantes en las calles de la ciudad?. ¿No es cierto que se han visto madres agarrarse de los soldados que les arrebataban a sus hijos, arrancarse los cabellos y arrojarse al suelo de desesperación?. ¿No es cierto que se han visto a esas mismas madres ir de casa en casa buscando a sus hijos y llamándolos compasivamente en su lenguaje?. ¿No es cierto que muchas fueron echadas a golpes? ¿No es cierto que se han visto mujeres indias hambrientas andar por las calles en busca de un hueso que roer?. Y pasando por alto otras cosas no menos ciertas. ¿No es cierto también que varias de estas mujeres indias han servido para dar espectáculos de inmoralidad en la calle pública?

¿Cuán otra cosa sucediera si aquellos infelices indios hubiesen sido remitidos a Dawson?. Verdad es que los Salesianos recibirían una libra por cabeza, (gran crimen de avaricia según el estrecho criterio del señor Serrano), con cuya suma, quizás, y si quizás, tendrían lo suficiente para cubrirla y darles de comer un día, pero en cambio encontrarían, casa, vestido, comida por años enteros y personas que se hubieran esperado en comprender sus necesidades y su lenguaje, llevándoles poco a poco camino de la civilización.

Léase en los diarios la descripción más detallada de la vida que llevaban los indios arrastrados a Punta Arenas por el señor Señoret, y compárese con este trozo de correspondencia, único que tengo a la mano, de las muchas publicadas en los diarios de aquí y del Plata, donde el autor describe la vida de los indios de Dawson y sus adelantos en la civilización.

Veamos ahora cuáles son los progresos intelectuales e industriales llevados a cabo en esta Misión. Ayer no más fui invitado a asistir a un breve examen de los niños y niñas de estas Escuelas, asistieron conmigo el Jefe de la Misión y algunos otros caballeros.

Los educandos ascienden a unos veinte; luego, que oímos leer a aquellas criaturas de corta edad, con tanta fluidez y franqueza, luego que lo oímos contestar tan exactamente a las diversas preguntas de catecismo, Aritmética y lecciones sobre objetos que le dirigía el Maestro y luego que ojeamos sus cuadernos de escritura, fuimos presa de nuevas y repetidas sorpresas; pues jamás hubiéramos creído escuchar tan adelantados a aquellos infelices salvajes, al parecer abandonados en el último rincón de la tierra.

Otro tanto puedo decir de la Escuela de Niñas, menos numerosa, es verdad, pero no menos adelantada en los diversos ramos de enseñanza. Éstas merecen también una mención especial por la buena ejecución de algunas labores de mano y sus ejercicios en el canto.

Ahora bien, al mismo tiempo que algunos misioneros se dedican a la instrucción intelectual de los pequeñuelos, otros se dedican a la instrucción manual de los indios mayores, enseñándoles los diferentes oficios e industrias que ya se han establecido en la isla, como: carpintero, ovejero, esquilador, lechero y quesero. Algunos de ellos ya han cobrado tanto amor al trabajo y desempeñan tan satisfactoriamente sus respectivos cargos, que casi nada tienen que envidiar a sus maestros.

No se crea por esto que los indios se doblegan fácilmente al trabajo y que no requiera fatiga su educación e instrucción. Necesario es oír hablar a estos misioneros para conocer las dificultades con que tienen que luchar, en primer lugar para captarse la simpatía del indio, receloso por naturaleza y refractario a toda idea de sujeción a los cristianos, y en segundo lugar, para hacerlo adquirir las nociones de hábitos las más sencillas de aseo y limpieza.

Júzguense, ahora sin perjuicios y se verá de que lado está la razón.

De usted S. S. y C.

Monseñor José Fagnano

Superior de las Misiones

De Magallanes y Tierra del Fuego

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