• 3 de junio de 2026

Que viva la gente grande

 Que viva la gente grande
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Por estos días escuché una reflexión del gran cantautor catalán Joan Manuel Serrat sobre cómo la sociedad trata —y muchas veces maltrata— a nuestros viejos. Fea palabra. Prefiero, como dicen en Argentina, hablar de gente grande. Hay dignidad en esa expresión; hay historia, experiencia y resistencia.

Hoy tengo 64 años y comienzo a acercarme a ese grupo humano que, lejos de retirarse al silencio, parece dispuesto a reorganizarse. Porque la gente grande no quiere solo descansar: quiere seguir participando, opinando, incidiendo. Quiere, sobre todo, vivir con dignidad en una sociedad que muchas veces los arrincona, los invisibiliza y los aísla.

Mi vínculo con la gente grande viene de temprano. Por las vueltas de la vida, la lucha social y política me llevó a compartir con ellos desde joven. Pertenezco a una generación que tuvo la osadía de enfrentar la dictadura de Pinochet, y fue precisamente en la gente mayor donde encontramos la templanza, la sabiduría y la experiencia necesarias para resistir. Gracias a ellos —y a ellas— pudimos aprender, corregir errores y avanzar en la recuperación de la democracia.

En esa memoria viva está también mi padre, a quien primero acompañé y luego tuve el privilegio de tener a mi lado en las tareas de la resistencia. A él, y a tantos otros, les debo admiración y gratitud.

Años más tarde, en mi rol sindical como Secretario Nacional de los funcionarios del SAG, viajaba con frecuencia a Santiago. Me alojaba en un hostal en pleno Paseo Bulnes, donde, casi de manera mágica, me crucé varias veces con un hombre mayor que solía sentarse a pensar, a observar, a reflexionar. No era cualquier persona: era Tomás Moulian, Premio Nacional de Ciencias Sociales.

Conversar con él era asistir a verdaderas clases magistrales en medio de la rutina urbana, mientras cientos de transeúntes pasaban sin notar la presencia de una de las mentes más lúcidas del país. Aquel hombre de cabello cano estaba dispuesto a dialogar con quien tuviera la inquietud de pensar Chile.

El tiempo pasó y, en un giro inesperado, lo encontré caminando por Punta Arenas. Ya no estaba de paso: vivía aquí. Un intelectual del tamaño de Moulian —autor de obras fundamentales como Chile actual: anatomía de un mito o El consumo me consume— habitaba nuestra ciudad, casi en el anonimato.

Ahí surgió una convicción: la experiencia y el pensamiento de la gente grande no pueden desperdiciarse. Deben seguir circulando, tensionando ideas, alimentando el debate público. Gracias al esfuerzo colectivo de amigos y amigas, logramos generar espacios donde Moulian ha podido compartir su mirada.

En Puerto Natales, durante la conmemoración de la Rebelión de los Tirapiedras, ofreció una conferencia sobre el movimiento obrero en la Patagonia ante una sala llena, especialmente de jóvenes. Su libro Plural se agotó. Semanas después, en el marco del 1 de mayo, volvió a convocar a una audiencia participativa, interesada, crítica.

A sus 86 años, Tomás Moulian no se repliega: proyecta nuevas charlas, reflexiona sobre el socialismo participativo y se integra a la vida académica regional en la Universidad de Magallanes. Su ejemplo es claro: la gente grande no sobra, no estorba, no es un problema; es una reserva ética, política e intelectual fundamental para el país.

En tiempos donde predomina la inmediatez y el olvido, reivindicar a la gente grande es también un acto político. Es reconocer que sin memoria no hay futuro, y que sin diálogo intergeneracional no hay sociedad posible.

Por eso, hoy más que nunca, lo digo con convicción:

¡Que viva la gente grande!

Por: Jaime Bustamante H.

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