• 3 de junio de 2026

Opinión. Viento, sal y escarcha: El origen de la salmonicultura austral

 Opinión. Viento, sal y escarcha: El origen de la salmonicultura austral
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Mucho antes de los drones y la bioseguridad, un grupo de visionarios desafió el clima de Magallanes con jaulas de madera y palas de mano. Esta es la historia rescatada del olvido sobre los inicios de la salmonicultura en Puerto Natales, un relato de resistencia que hoy busca proyectarse hacia la sustentabilidad.

En Puerto Natales, la historia tiene un problema: se nos escapa entre los dedos porque vive casi siempre en las conversaciones y no en los libros. Por eso, estas líneas son un intento de rescatar del olvido cómo empezó todo en la salmonicultura local.

Si hoy uno se asoma al Seno de Última Esperanza, lo que ve es pura tecnología. Hay barcos que parecen naves espaciales, sistemas automatizados que funcionan solos y luces potentes que rompen la oscuridad total de nuestras noches australes. Es un paisaje industrial, moderno y eficiente.

Pero si hacemos silencio y retrocedemos un poco en el tiempo, todavía se puede escuchar un sonido mucho más humilde: el golpe de los remos contra el agua.

Esta es la historia de un grupo de «locos». Gente que, en lugar de ver el fin del mundo como un límite, decidió que este era, precisamente, el lugar donde todo tenía que empezar.

Todo partió en un silencio absoluto, bajo la sombra de las grandes estancias. Mucho antes de ser la industria gigante que es hoy, el salmón era un vecino discreto de nuestros ríos. Por allá por los años 30, mientras la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego llenaba la pampa con un mar de ovejas blancas, se sembraron las primeras truchas para la pesca deportiva.

Era un pasatiempo de paciencia y caballeros; un prólogo de décadas donde el agua se fue preparando en secreto, sin que nadie sospechara que ese pez terminaría siendo el motor que transformaría a toda la región.

El verdadero giro llegó en 1983. Mientras el país miraba hacia las minas del norte, en el sur profundo se cocinaba un experimento audaz. Salmones Antártica, junto a Fundación Chile, instaló el primer centro experimental en aguas natalinas. Fue el año del Salmón Coho. No se parecía en nada a lo que vemos hoy; era más bien una apuesta a ciegas contra el clima más feroz del planeta.

Por esos mismos días, la compañía Cameron hacía lo suyo, convirtiendo a Chile en exportador de trucha arcoíris engordada en el mar. Eran días de puro ensayo y error, donde la ciencia se daba la mano con la intuición de los viejos marinos que conocían los canales por herencia y no por los libros.

El centro de engorda Spiteful (a menudo referido como «Spaifull» o «Speitfull» en registros locales) de la empresa Salmotec S.A. se ubicaba en el sector de la Península Antonio Varas, en la provincia de Última Esperanza.

Este centro fue fundamental en la historia de la salmonicultura de la región de Magallanes, ya que, tras los primeros pasos de la empresa en la piscicultura de Río Prat, Salmotec se trasladó a este sector de la península para continuar con la engorda de salmones en mar. En sus inicios, el centro experimentó con diversas especies, incluyendo salmón chinook y coho, antes de consolidar la producción de salmón Atlántico.

Ahí empezaron a sonar nombres que hoy son leyenda: Salmotec, Salmones Cabo de Hornos, Bargo, Salmobories y la llegada de Acuimag.

Los que estuvieron ahí en los 80 y 90 no te hablan de algoritmos; se acuerdan del peso de la coruña (esa pala plástica de mano) y de un frío que te calaba hasta los huesos. Las jaulas eran de madera, de 20×20 metros, unidas por pasarelas que cada mañana amanecían como espejos de hielo. Caminar por ahí cargando equipo era, literalmente, un acto de fe sobre el abismo verde del Seno.

No había cámaras submarinas ni sensores automáticos. El «alimentador» era un artista: lanzaba el pellet con la pala y miraba con ojos de halcón el «hervor» del agua. Solo él sabía si el pez tenía hambre o si el frío lo había dejado aletargado. Incluso cambiar las mallas era una tarea para titanes; se hacía a puro pulso, con los músculos ardiendo y la cara cortada por el aire gélido que bajaba de los glaciares.

La cosecha en esos tiempos era pura resistencia física. Todo era manual. Se usaba la quecha o copo (esa red de mano que parece una cuchara gigante) para sacar a los peces uno a uno. El procesamiento no era distinto: mesas de selección donde el sacrificio se hacía a la antigua, con un golpe preciso. Toda esa logística de esfuerzo humano terminaba en la recordada Pesquera Edén. Ese era el «útero» donde el producto se preparaba para viajar a mesas de países que los trabajadores apenas sabían ubicar en el mapa.

La industria en Última Esperanza no creció en la comodidad, sino aguantando los golpes. Tres crisis marcaron a fuego a esa generación:

El Terremoto Blanco (1995): La región quedó enterrada bajo metros de nieve. Los centros de cultivo pasaron a ser islas de supervivencia donde los viejos lucharon día y noche para que la vida bajo el agua no se apagara.

La Crisis Asiática (1997): El dinero dejó de correr y los mercados se cerraron. Fue el momento de aprender a la fuerza que, o eras eficiente, o desaparecías.

El Virus ISA (2003): El golpe más silencioso y letal. Fue el fin de la inocencia artesanal y el inicio de la era de la bioseguridad absoluta. Hoy, Puerto Natales es una ventana al mundo. Pero bajo las capas de tecnología y las certificaciones internacionales, todavía late el barro de los comienzos.

«Les contamos esto a los más jóvenes —a los que hoy manejan drones y sensores frente a una pantalla— para que sepan que el progreso no cayó del cielo como la nieve. Se ganó a pulso, palada a palada, con el aliento hecho vapor chocando contra el viento en esas mañanas de julio que calan los huesos.

La identidad de Natales se forjó ahí mismo: entre redes congeladas y olor a salitre. Antes de ser la industria que es hoy, la salmonicultura fue el sueño de unos pocos que no le tuvieron miedo a la furia de los canales. Tipos de cara curtida por la escarcha que se atrevieron a sembrar el mar cuando nadie más lo hacía.

Pero ojo, que hay una idea que es el cimiento de todo: para que esta industria siga en pie, el cuidado del medio ambiente y el desarrollo sustentable no son opcionales. Es posible hacerlo bien, pero hay que ponerse manos a la obra ahora mismo.»

Para lograr reunir la información necesaria conversamos con muchos trabajadores pioneros de la salmonicultura.

Fotografía: Alberto Mayorga en el centro spiteful de Salmotec.

 

Por: Juan Salvador Miranda V.

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