• 3 de junio de 2026

ALACALUFES EN LONDRES

 ALACALUFES EN LONDRES
Compartir Noticia

Allá por el año 1830, el capitán Fitz Roy desempeñó a bordo de la “Beagle” una misión de carácter hidrográfico en la Tierra del Fuego, que hasta entonces permanecía ignorada entre la red intrincada de sus canales.

Se trataba de levantar toda una carta náutica que permitiera la navegación en aquellas regiones. Sólo unos cuantos marinos se habían aventurado por ellas, pero la forma accidental en que lo habían hecho no había rendido frutos, y sus informaciones posteriores no arrojaban luz en esa época en que la navegación a vela exigía enormes precauciones.

La labor del capitán inglés fue poco menos que perfecta y en el trabajo colaboraron otros destacados marinos de la misma nacionalidad, entre ellos King, que fuera durante cierto tiempo jefe de la misión.

Es notable recalcar que todavía, para viajar a través de esas hermosas y desoladas regiones australes de nuestro continente, se emplean aquellas viejas observaciones, realizadas hace ya más de un siglo, cuando el buque a vapor era sólo un curioso experimento que no se animaba a abandonar las rutas costeras.

Esta circunstancia es causa de que muchas veces los marinos que surcan las aguas fueguinas por las rutas menos frecuentadas tropiecen repentinamente con accidentes geográficos no mencionados en las cartas y derroteros náuticos. Un ejemplo de esto es el fondeadero desconocido que el crucero alemán “Dresden” hallara en los canales, luego de la batalla de las Malvinas en 1914, logrando que los buques británicos que lo perseguían lo buscaran infructuosamente durante largo tiempo.

Sólo los loberos conocen al dedillo las costas fueguinas y del continente en su parte más austral, pero esto no significa restar méritos a la obra de los hidrógrafos ingleses que hemos nombrado, ya que ella aún prestan valiosos servicios a la navegación.

LOS CUATRO FUEGUINOS DEL EXPERIMENTO

Corría el año 1830 cuando el capitán Fitz Roy se hallaba procediendo al levantamiento de la zona de los canales del sudoeste de la Tierra del Fuego, por cierto de una constitución física sumamente accidentada.

Para tal efecto, había destacado a su contramaestre a bordo de la ballenera del buque, pero en un momento de descuido, los aborígenes se apoderaron de ella y huyeron a su bordo.

No es necesario entrar a describir la cólera y desesperación de los marineros cuando notaron la grave pérdida que los dejaba librados a su propia suerte, en una región del mundo que poco o nada ofrece al ser humano para la vida.

Pero eran buenos hombres de mar, y bajo la dirección del viejo contramaestre construyeron una especie de embarcación, con ramas y hojarasca, que más parecía un gran canasto o cesta que otra cosa. Con ella consiguieron ir a dar parte a Fitz Roy del robo cometido por los indios.

Fue iniciado de inmediato una búsqueda intensa y provocó hasta luchas encarnizadas entre los ingleses y aquellos salvajes que desconocían el miedo a las armas de fuego.

Vanos fueron los intentos; sólo hallaron restos de los accesorios de la pequeña y valiosa embarcación, pero de ella jamás volvieron a tener noticias. Durante las investigaciones se apresó a una familia nativa para intentar sacarle por persuasión algún dato que pudiera orientarlos, pero en un descuido los padres abandonaron el campamento que Fitz Roy tenía establecido, dejando abandonados a tres niños, dos de los cuales fueron devueltos a otros indios, quedando el otro, una hembra, a bordo y dándosele el nombre de Fueguia Basket, o sea, Cesto Fueguino. Algo más tarde, se secuestro a un adulto, que dio muestras de hallarse conforme de viajar a bordo de la “Beagle”, que era la nave hodrógrafa, y fue a su vez bautizado como York Minster.

Tiempo antes de abandonar definitivamente toda idea de recuperar la ballenera, y en uno de los viajes realizados para dar con ella tropezaron con una Canoa de indios que al ser avistados huyeron velozmente. Consiguieron, sin embargo, darle alcance, pero los salvajes se arrojaron al agua y trataron de ganar la costa a nado; sólo fue posible apresar a uno de ellos, joven de aspecto agraciado y de modales afables, a quien llamaron más tarde, Boat Memory.

Otro indio más debía agregarse a los existentes a bordo, y ello ocurrió de la manera más extraordinaria, revelando hasta que punto podía la codicia con los instintos de familia, que eran bastante firmes entre las tribus fueguinas.

Sucedió que, ya en la parte oriental del archipiélago, los marinos británicos tuvieron una de las tantas oportunidades de alternar con los salvajes; de inmediato se produjo un intenso intercambio de mercaderías; pieles, lanzas, arcos y flechas, por una parte, y botones, cuentas y chucherías, por la otra, comenzaron a pasar de las canoas a los botes, y de estos a aquellas, cuando de pronto, un gran botón de nácar tentó más de la cuenta a una familia; como precio de tal adquisición, Fitz Roy propuso que fuera entregado un niño que había en una de las canoas y, con gran sorpresa, el negocio fue cerrado de inmediato.

El indiecito poco extrañó la permuta y pasó a formar parte de la dotación de la “Beagle”, con el nombre de Jemmy Button, en recuerdo de la extraña operación.

UN EXTRAÑO EXPERIMENTO

Fitz Roy tuvo entonces una ocurrencia un poco rara, si bien estaba apoyado por ideas humanitarias y, hombre de decisiones inmediatas, resolvió que aquellos cuatro aborígenes serian trasladados a Inglaterra, en donde les daría dar instrucción a la europea, para luego repatriarlos. El pensamiento del marino era que, por intermedio de los indios, se podría sembrar en la Tierra del Fuego el principio de la civilización.

Durante el viaje hacia el norte, tuvieron la oportunidad de escuchar de los fueguinos interesantes relatos que hicieron alguna luz sobre las costumbres de sus tribus. A su vez, ellos aprendían rápidamente el idioma inglés y demostraban que su aspecto de barbarie ocultaba ciertos destellos no despreciables de inteligencia, que no estaban de acuerdo con su aparente condición humana.

Era curioso observar que en los países de América que tocaron, en el trayecto de vuelta a Gran Bretaña, eran confundidos con naturales más septentrionales, pasando por entero inadvertidos.

A poco de haber llegado a Europa, Boat Memory, el más querido por su docilidad e inteligencia, moría víctima de viruela o del choque biológico, como le llamaríamos más propiamente hoy. Los tres restantes fueron puestos por Fitz Roy bajo la protección del párroco walthamstov, en Londres, quien comenzó a darles una instrucción de agricultura, mecánica, herrería y carpintería, amén de enseñanza primaria, que los facultara para desempeñarse como granjeros o agricultores blancos, cuando estuvieran de regreso en su tierra natal. Mientras Jemmy Button y la pequeña Fueguia demostraban sumno interés y capacidad, York Minster desdeñaba la enseñanza rural, interesándose solamente por la mecánica y los relatos que describieran animales desconocidos por él.

Es notable recalcar que, durante su permanencia en Londres, pocas cosas arrancaron a los tres indios verdaderas muestras de asombro; pero su falta de emotividad era aparente, ya que, cuando se creían solos, irrumpían en acaloradas charlas en las que mencionaban todo aquello que los había alarmado o extrañado.

En el verano de 1831, el rey de Inglaterra se los hizo presentar en Saint James y los colmó de regalos, interesándose vivamente por ellos.

Pero tocaba a su fin la odisea: Fitz Roy, alarmado porque tenía que salir nuevamente a navegar, y no para la Tierra del Fuego, contrató con sus últimos ahorros un velero, el “John of London”, para poder dejar a los indios en su tierra, como lo prometiera al sacarlos de ella; pero una vez que tuvo terminada la operación, se enteró que debía salir, si, pero nuevamente con destino a Tierra del Fuego, lo que le permitiría dejar a los tres indios en ella.

Con toda clase de materiales arribaron a la isla Navarino, en su parte occidental, el 19 de enero de 1833. Con asombro notaron que los indios fueguinos habían olvidado su idioma nativo y eran despreciados por los compañeros de tribu que se burlaban de su aspecto.

Un misionero debía acompañarlos en su instalación, y la marinería del “Beagle” construyó tres casas, una para el pastor, otra para Button y la tercera para York y Fueguia, que para ese entonces habían comenzado un idilio fervoroso. Asimismo, trazaron un jardín y una quinta que sembraron con vegetales aptos para esas latitudes. Cuando la “Beagle” zarpó, la amistad de los tres fueguinos con sus camaradas parecía haberse acentuado, aunque aquellos debían vigilar sus herramientas, que eran hurtadas al menor descuido.

Menos de veinte días después de haber zarpado la “Beagle”, a su regreso, debió reembarcar al misionero, quien se hallaba temeroso de ser matado por los naturales, que lo despreciaban, y por medio de su vigor extraordinario le obligaban a obedecer a sus mandatos por la fuerza.

Poco habían progresado las plantaciones hechas por la gente de la “Beagle”, ya que los otros salvajes pisoteaban los sembrados sin hacer caso de las advertencias de sus amigos civilizados. Pero estos permanecían fieles a las enseñanzas recogidas y se mantenían aseados y bien vestidos.

Fitz Roy tuvo que hacer entonces un relevamiento de las islas Malvinas, trabajo ímprobo que le llevó cerca de un año, durante el cual no tuvo noticias de la marcha de su experimento. En marzo de 1834, regresó para comprobar como se comportaban los tres indios. Su desencanto fue inmenso; a poco de fondear, una canoa se acercó al buque, y en ella, más miserable que cuando fue recogido semidesnudo, flaco, enfermizo, halló a Button, quien abandonado por Fueguia y York, había vuelto a su vida primitiva. Sólo una satisfacción pudo obtener, y ella era el reconocimiento que Button guardaba por los blancos que habían querido hacer de él un instrumento de civilización.

JUAN ANTONIO GLIZE

Revista “En Viaje” N° 93, Julio de 1941.

*Recopilado por J.D.B.

*Fueguia Basket

Más Noticias