• 3 de junio de 2026

Faenas colectivas en el archipiélago de Chiloé

 Faenas colectivas en el archipiélago de Chiloé
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Por Roberto Montandon

Una extrema subdivisión del suelo, llevada a la exageración, y un espíritu muy vivo de grupo, informan, en Chiloé, las costumbres patriarcales y arcaicas de las faenas colectivas.

Esta subdivisión de la tierra, que fragmenta el territorio de las islas hasta lo indecible y que procura casi a cada familia su predio agrícola de reducida superficie en su mayoría, reconoce a implantar desde temprano una estructura individual en lo particular, colectivista en la formación de la sociedad. Este espíritu de grupo, de clan, que nace y se desarrolla desde tiempos remotos en las colectividades indígenas, persiste y se injerta en la estructura social colonial y más tarde, de la República.

En Chiloé, las relaciones humanas se basan en la tradicional formación y subsistencia del núcleo familiar, cuyo origen remonta a los tiempos prehispánicos.

La llegada de indígenas al Archipiélago se confunde con la incógnita que rodea el origen del hombre americano y de sus movimientos migratorios en el continente. La nomenclatura geográfica en Chiloé y los apellidos indígenas, de consonancia a menudo oriental, la versación de los aborígenes en las construcciones náuticas, agregan nuevos misterios para la labor de investigación y la fijación de áreas culturales.

Sabido es que el aborigen de Chiloé no fue polígamo, lo que robusteció, desde luego, el concepto de la familia en el espíritu y en la práctica, y que la sociedad indígena se caracterizó por un natural amistoso y fraternal, lo que favoreció el desarrollo de costumbres colectivas en las faenas.

Los españoles encontraron a los indígenas de Chiloé repartidos en las islas del Archipiélago y en las costas norte y oriental de la Isla Grande, generalmente frente al mar, de donde sacaban la parte más clara de su sustento. Las crónicas insisten en el carácter comunal y patriarcal de la forma de vida y el establecimiento de vínculos de amistad y de familia entre los habitantes de ese mundo insular cubierto en parte de bosques, aislado del continente y de sus tribus belicosas.

Este bosquejo del ambiente humano y geográfico permite una mejor comprensión en cuanto al desarrollo de normas colectivas en las faenas, las que, lejos de debilitarse a través de la época colonial, subsisten en su esencia, a manera de tradición vernácula, de código moral de trabajo, hasta nuestros días.

Podemos, sin embargo, observar hoy un reblandecimiento de ese profundo sentido colectivista, de esa reverencia y sumisión al espíritu de ayuda mutua. El duro criterio utilitario que impone su credo a las generaciones del siglo XX, se ha infiltrado en la sencilla sociedad chilota del pequeño agricultor, con el retorno al hogar de parte del importante contingente que año a año ofrece sus brazos a las estancias patagónicas y aun a las minas norteñas. El espíritu de cooperación, aún muy vivo en las regiones apartadas del Archipiélago, ha perdido su fortaleza primitiva alrededor de los centros poblados.

Pero una estricta y escueta realidad implican las normas de trabajo colectivo que aún persisten, en una de las pocas sobre vivencias en Chile de costumbres arcaicas, tradicionales y sagradas, que se elevan al rango de un culto que subyuga las voluntades.

Entre estas costumbres que podemos llevar al plano de una institución, la MINGA se destaca por sus especiales modalidades y su carácter esencialmente voluntario.

El vocablo MINGA deriva de la palabra aborigen «mincan», alquilar gente. Por otra parte, puede tener su origen en la voz quichua «minga» – reunión, concurrencia amistosa para un trabajo – . Si bien los aborígenes de Chiloé poseían un idioma algo propio, que desgraciadamente para la filología ya no se habla en el Archipiélago, recibió este idioma, emparentado con el huiliche, la influencia de las grandes corrientes idiomáticas americanas, cuyo tronco etimológico común aún no se conoce a ciencia cierta.

La minga es conocida también por MINGACO en la zona sur del país. En Chiloé, este mancomún recibe el nombre de MINGA, que algunos autores interpretan por retribución de comida. Esta palabra es usada también en el norte argentino, con el mismo significado y uso.

La MINGA fundamenta un estrecho espíritu de cooperación entre los miembros del clan, más tarde vecinos, y destaca normas patriarcales, familiares y sencillas de vida. A menudo se confunde la minga con el «día de devolución», práctica que pertenece a una modalidad diferente dentro de las faenas colectivas.

Hay también una demarcación muy sutil entre las diversas facetas de la minga; generalmente, la indicación del tipo de trabajo establece esta delineación y el rito que corresponde: minga de papas, minga de roce, minga de trilla, minga de techo. . .

La minga puede durar uno o varios días; raras veces más de tres. El beneficiado retribuye el trabajo en comida y se esmera en relación a su posición económica, sin que aquello sea un factor determinante para captar voluntades. La minga de un día termina en una merienda, en la que se sirve el «pan de minga», denominación que ha quedado en el vocabulario local, para señalar un pan redondo de gran tamaño.

Esta faena colectiva hace el objeto de una invitación formal; el interesado visita a los vecinos de su «partido» y les dice: «tengo una minga mañana»; generalmente el interpelado contesta: «bueno, iremos».

Llámase «partido» a una agrupación local de vecinos, con o sin vínculos familiares; aun así, el partido es una perfecta sobrevivencia del remoto espíritu de clan que se acoge, para su aplicación social de hoy, a un vocablo hispano de usanza administrativocolonial y que se refiere asimismo a una división territorial.

El beneficiado de una minga, sujeto a normas que tienen la fuerza de un código, no puede renovar su invitación, sino pasado un cierto período que puede estimarse en varios meses.

Realizanse también mingas rotativas en un partido, con ocasión de una faena agrícola determinada y que se efectúa en el mismo período, dentro del calendario agrícola: ejemplo: aporcadura de papas, cosecha de un producto y otros trabajos agropecuarios.

La minga de «techo» reviste un carácter ritual que la destaca de las demás faenas colectivas Manifestación de alegría, esta fiesta expresa la importancia de este trabajo, considerado como culminación de una aspiración de una necesidad: la terminación de una casa.

El tradicional «techo», se refiere al techo de paja o de heno. Movimientos cadenciosos y palabras consagradas representan un número ritual del más acendrado toque folclórico, de este trabajo de conjunto que termina con un jolgorio, en cuyas libaciones de sabor pagano se pierde algo de la dignidad de propósito y del motivo original de esta faena.

Un profundo espíritu colectivista rodea a la minga y eleva esta manifestación cooperativista a la altura de una expresión ejemplarizados de voluntad humana, orientada hacia la ayuda mutua, sin otra retribución que el pan de cada día.

El «día de devolución» en cambio, si bien representa asimismo una manifestación de ayuda mutua, establece una diferencia substancial con respecto a la minga, que reposa sobre un acto voluntario. Su definición implica una obligación por cumplir.

Esta modalidad refleja una carencia general de brazos. La fragmentación de la superficie agraria en el Archipiélago ha conducido, a través de esta parcelación, a la pequeña propiedad, cuyo rendimiento agrícola no admite la presencia de trabajadores asalariados. Las faenas se realizan por la familia, la que hace frente a las necesidades del trabajo. No obstante, ciertas faenas exigen un mayor número de brazos, que el campesino suple solicitando el concurso de su o sus vecinos, bajo la forma de «días de trabajo». Interviene aquí un verdadero «Código de Trabajo». Estos solicitados serán devueltos con absoluta y formal probidad y en la misma forma por el solicitante, a pedido oportuno del o de los solicitados. Es un trueque de brazos. Interpelada la persona que cumple con esta retribución de trabajo acerca de su presencia en un predio vecino, contestará: estoy en «día ajeno», expresión admirablemente gráfica y sugerente.

Una manifestación colectiva de ayuda mutua, lo constituye el MEDAN, costumbre tradicional que seduce por su contenido profundamente humano. «Medan» se traduce por: conseguir algo y se aplica a una costumbre cuyo ori gen remonta a los tiempos prehispánicos, pero que adquiere mayor significación bajo la Colonia y la Republica, cuyos períodos marcan, hasta llegar a límites inquietantes durante el siglo XIX. un empobrecimiento gradual de los recursos de los isleños.

El «medan» podría considerarse como una institución de socorro mutuo, ya que su práctica proporciona a un beneficiado los elementos de que carece. Entiéndase por elementos: animales menores de crianza, ovejunos, porcinos, o productos agrícolas para semillas: papas, cereales…

El medan beneficia general mente a los recién desposados que se inician en la explotación de una pequeña propiedad agrícola, o a un propietario privado de recursos por una epidemia en sus animales o una mala cosecha.

El medan no se reduce a una simple entrega individual de los elementos. Un día se fija y el medan es pregonado entre los vecinos del partido, los que acuden con su obsequio voluntario que desde luego, corresponde al tipo anunciado de medan: medan de ovejas, medan de porcinos, medan de semillas …y el ritual exige de parte del beneficiado, inmolar algunas cabezas de los ganados obsequiados, para la fiesta que corona esta manifestación colectiva de ayuda mutua.

Esta indestructible concepción colectiva de la vida, que se nutre de profundas raíces ancestrales, se exterioriza una vez más en el LLOCO, o repartición de alimento. La matanza de un cerdo ocasiona a menudo fiestas entre los vecinos, pero también da origen a la cortes y delicada costumbre de enviar ciertas presas apetecidas a algunos de los familiares más considerados, repartición que es objeto de una retribución oportuna, estableciéndose así un hábito tradicional y formal.

La persistencia de faenas colectivas de trabajo y de ayudas mutuas en Chiloé, reposa sobre la subsistencia de formas arcaicas de vida, sostenidas por el culto familiar, centro medular de la organización social, por el respeto al patriarcado y por las necesidades y realidades económicas. Constituyen sin duda en Chile, con excepción de la sobrevivencia de costumbres en las agrupaciones de aborígenes en las provincias de Malleco, Cautín, Valdivia y Osorno, incluyendo el idioma que en Chiloé se ha perdido desde hace tiempo, una de las últimas manifestaciones del espíritu colectivista indígena, aplicado al trabajo y a la mutua ayuda, redivivo y solidificado a través del mestizaje con el español.

R. M

(revista “En Viaje”, febrero 1950)

Recopilado por J.D.B.

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