MITOLOGIA DE TIERRA DEL FUEGO
*Francisco Coloane
El primer hombre europeo que dejó testimonio de su encuentro con los indios de la isla de Tierra del Fuego, fue Pedro Sarmiento de Gamboa en sus “Viajes al Estrecho de Magallanes”, obra cumbre de un gran navegante y un estilista de esos que sólo el pensamiento y sus hechos labran con palabras. Pero en este caso la descripción no es de él, sino de Juan Esquivel el “escribano real” de su flota.
El encuentro tuvo ocasión el martes 16 de febrero de 1580 y poco después de las dos de la tarde, según el diario de navegación: pasada la punta de Gente Grande hace la tierra una ensenada o brazo la vuelta del este; y porque ya era tarde surgimos en la boca del medio de este canal del este en doce brazas, buen fondo. Aquí corren las aguas más que en todo lo que hasta aquí habemos andado de este Estrecho de la Madre de Dios. (Así llamó Sarmiento al que había descubierto Hernando de Magallanes en 1520 y que sólo supo de los indios por las fogatas que vio en las noches en la costa sur del Estrecho, y por las cuales la llamó Tierra del Fuego).
Y en surgiendo pareció gente de la costa y nos dio voces, y para ver qué era y para tomar alguno de esta provincia para la lengua, Pedro Sarmiento envió allá al alférez y a Hernando Alonso, con algunos arcabuceros, en el batel; y llegados a la tierra, los naturales de aquella provincia, que era gente grande, comenzaron a dar voces y saltar hacia arriba, las manos altas y sin armas, porque las habían dejado allí junto, y el alférez hizo las mismas señas de paz, y los gigantes se llegaron a la playa, cerca del batel, y el alférez saltó en tierra con cuatro hombres, y los naturales les hicieron señas que dejase el alférez la jineta, y se fueron retirando hacia donde habían dejado sus arcos y flechas. Y visto esto, el alférez dejó la jineta y les mostró rescate que llevaba para darles, lo cual visto, los gigantes se detuvieron y volvieron, aunque recelándose. Y como los nuestros vieron que se iban, apercibiéronse para que arremetiesen, y así arremetieron diez hombres, que habían salido del batel, con uno de los indios, y, asiéndole, apenas le podían tener, y entretanto los demás arremetieron donde habían dejado los arcos y las flechas, y volvieron con tanta presteza contra los nuestros, flechando los que no se habían podido meter en el batel, y al fin los nuestros se embarcaron con el preso, y cargaron con muchos flechazos sobre ellos y los hicieron echarse a la mar, y ayudándole a subir, entró en el batel, y los naturales de esta tierra disparaban muchas flechas, y con una hirieron por un ojo al tenedor de bastimentos, y al embarcarse se cayeron dos arcabuces a la mar. Y trayendo al preso, se volvieron a la nave, y el preso, aunque lo regalamos (que él recibía de buena gana) no podía asegurar, ni quiso comer ese día ni de noche. Es crecido de miembros”.
La estatura media de estos indígenas era de más de un metro ochenta y cinco y habían los que sobrepasaban los dos metros. Vestían capas de piel de guanaco, gorro puntudo y abarcas. Su tez olivácea, de rasgos bellos, su porte imponente, atléticos y de andar elegante, según las descripciones de los que los conocieron. Entre estos, debemos a los sacerdotes salesianos las más autenticas narraciones de sus costumbres, modo de vida y, sobre todo en su rica mitología. Esta ha sido recogida e interpretada por diversos autores, entre los que recordamos al padre Antonio Coiazzi, en la Revista de Geografía, Nº 13, del año 1914, “La raza ona y su civilización”, de Pedro Nolasco Herrera, 1897, y otros; pero la obra clásica en esta materia se la debemos al sacerdote salesiano alemán Martin Gusinde, una parte de la cual conocemos en “Hombres primitivos de la Tierra del Fuego”, edición de la Escuela de Estudios Hispano Americanos, Sevilla, 1951. También recordamos las obras interpretativas de escritores como Ricardo Rojas, argentino, Carlos Keller y Nicasio Tangol, chilenos.
EL ENCANTO DE LO PRIMITIVO
A mí las que más me han gustado son las descripciones de los primeros sacerdotes salesianos que tuvieron contactos con ellos, como las del padre Zenone, Beauvoir, Fagnano y otros, porque reflejan una transcripción ingenua, sin pretensiones científicas ni literarias, que a veces deforman, aunque embellezcan y profundicen el contenido de estos mitos y leyendas de un espíritu primitivo altamente evolucionado.
¿Por qué cómo traducir a otros idiomas la belleza de la lengua ona, exclusivamente oral, estas historias tenían? Sabemos las dificultades que hay para traducir la poesía en su contenido esencial del alma de un idioma, la sonoridad de los vocablos, los matices sutiles, la melodía y la misteriosa relación que habría entre pensamiento y lenguaje en cada uno de esos primitivos que narraban a los sacerdotes los recuerdos de sus antepasados.
A fines del año pasado estuve por última vez en la Tierra del Fuego en compañía del poeta ruso Eugenio Evtushenko, justamente en una región donde los onas acostumbraban a levantar sus toldos de piel de guanaco: en el nacimiento del Rio Grande, el que atraviesa a la isla para desembocar en el Atlántico. Allí los bosques de robles entreverados con grandes claros de pampa están todavía como en el tiempo de los desaparecidos indios. Estos acostumbraban resguardar sus aldeas del viento del oeste al amparo de esas puntas de monte, pero desde allí columbraban toda la vastedad de la estepa fueguina a donde partían en sus correrías a la caza del guanaco, animal que milenariamente les permitió el desarrollo de su vida y su civilización. Desde allí también se divisaban las lejanías azules del oeste fueguino, donde las grandes montañas nevadas y los glaciares, conforman un escenario fantástico, propenso a las creaciones imaginativas, poéticas. Evtushenko enmudeció ante tanta belleza y grandiosidad. Recuerdo que lo único que me dijo fue “después de ver esto puedo morir feliz”. Yo le dije que allí habían vivido también grandes poetas primitivos, como aquél que inventó la leyenda ona en que “Schiuno el viento, se casó con Ocen, la ballena, y tuvieron por hijo a Schiunocktau, el picaflor”.
EL ORIGEN DEL MUNDO Y DEL HOMBRE ONA
He aquí una concepción del origen del mundo y del hombre, problema que científicos y pensadores de orientaciones idealistas y materialistas han debatido durante toda la historia de la humanidad y aún siguen debatiendo sin ponerse de acuerdo: “Timaukel es el ser supremo. El que no se nombra. El que está más arriba de las estrellas. Ha sido siempre “Kaspi”, espíritu, y por eso es inmortal. Oye y ve todo. Lee el pensamiento. Creó la tierra sin formas y el cielo sin estrellas. Después ordenó a Kenós, su ayudante, que organizara el mundo como lo conocemos. Kenós llegó al Onaisin (tierra de los onas), tomó dos puñados de barro de un pantano y los apretó hasta formar con ellos un órgano genital masculino y otro femenino y los colocó uno al lado del otro y se fue. En la noche se juntaron e hicieron al primer hombre. Noche a noche hicieron a un hombre o a una mujer, y así el Onaisin de fue poblando”.
No puedo menos que conmoverme de “mi origen ona”, porque noche a noche estos puñados de barro humano que formó Kenós, siguen y seguirán juntándose para crearnos a nosotros hijos de las sombras y la luz.
“Esta tierra era oscura y por eso los onas son morenos, pero Kenós en otras playas tomó otras tierras de otros colores y por eso hay otros hombres de otra piel, pero todos los hizo Kenós. Este es el origen de los antepasados”.
Después de otras aventuras corridas por Kenós en la tierra, donde hay resucitaciones de muertos que él volvía a la vida, ancianos que él lavaba en su toldo y los convertía de nuevo en jóvenes , etc., la leyenda termina con que “Kenós ascendió al cielo y se convirtió en una estrella”. Según la que los onas mostraron a los sacerdotes salesianos, seria la llamada Aldebaran de la constelación de Taurus.
“Cuando Kenós subió al cielo encomendó a Cenuke la operación del lavado para resucitar a los muertos; pero como éste no quisiera lavar a su hermano mayor, no volvió, el hermano a despertar y sobrevino entonces la muerte verdadera. Desde entonces el hombre muere realmente, no se levanta más, ni se transforma en nada. Con este hecho concluyo la época de los antepasados. Cenuke también ascendió al cielo (Procyon). Toda la vía láctea es un conglomerado de antepasados que se convirtieron en estrellas”.
En la muerte del hermano de Cenuke no podemos menos que asociar al Caín y el Abel de la biblia, y el conglomerado celestial, el pensamiento de Engels en su “Dialéctica de la naturaleza”, cuando dice: “Tenemos la certeza de que la materia será eternamente la misma en todas sus transformaciones, de que ninguno de sus atributos puede jamás perderse y que por ello, con la misma necesidad férrea con que ha de exterminar en la tierra su creación superior, la mente pensante, ha de volver a crearla en algún otro sitio”.
OTROS ANTEPASADOS
En aquella época remota hubo también otros antepasados y luchas entre ellos. Así Kren se convirtió en el sol y Kra en la luna”. Kren era el mejor cazador de guanacos y Kra la más astuta de las mujeres. (Freud seguramente habría encontrado en este mito un reflejo de la lucha de los sexos). Tan astuta que las hijas de Kra gobernaban a los hombres con sus pasos de danza para engañarlos. Un día Kren sorprendió a su mujer y a las mujeres que gobernaban en sus brujerías y engaños y montando en cólera dijo: “¡Mujeres falsas, con que así habéis engañado a los hombres! ¡Lo se todo!” Entonces el sol le pegó a su mujer con un tizón ardiendo. “Al primer golpe tembló la bóveda celeste; al segundo y tercero se hizo más terrible la situación. Dejó de maltratarla temiendo que se viniera abajo el firmamento. Se ven todavía en la cara de la luna las quemaduras y cicatrices ocasionados por los tizonazos de Kren”.
No hay duda que el mito se refiere a una revolución o al paso de un régimen de matriarcado al de patriarcado. Porque la leyenda sigue desarrollándose dramáticamente con el exterminio de las mujeres adultas y la preservación de las menores de doce años, la destrucción del “Kloketen”, la carpa sagrada de cuero de lobo sostenida por siete estacas, y el establecimiento de un nuevo “Kloketen” regido por los hombres.
En este nuevo “Kloketen” toman parte una serie de espíritus, que hábiles actores representaban con curiosos disfraces, cuyas fotografías pueden verse en el libro de Gusinde: Schort, espíritu de las piedras blancas, alto, blanco, con un bastón nudoso para pegar. Habita en el interior de la tierra y sale elevándose del fuego que se hace dentro del toldo. Hálpen, espíritu de las nubes, es la esposa de Schort. Cuando desciende se oye como un aleteo de pájaro. Puede llevar a un ser por los aires, comérselo, y dejar caer después sus huesos. Tane hermana de Hálpen, es roja y feroz. Hárciai, espíritu de las piedras negras, negro, con cuernos, feroz. Gkmánta, espíritu del árbol vivo, es hijo de un roble y va vestido con su corteza. Gáse, espíritu del árbol seco. Cuando aparece en los toldos derrama el agua de los recipientes, danza en el fuego y desparrama las cenizas; despedaza con los dientes el cráneo del guanaco y le come los sesos. Hólemin, espíritu del cielo y gran medico, cura al instante, va pintado de blanco.
Todos estos espíritus cobraban realidad en la época del “Kloketen”, con el objeto de poner a los muchachos de catorce años en conocimiento de todos esos secretos para ingresar a la vida adulta de la tribu, para robustecerlos contra el miedo y las inclemencias, para instruirlos en sus deberes con la vida nueva.
KUANIP, EL HEROE CONTRA EL MAL
El de Kuanip es el mito que más me ha impresionado por la composición de su argumento y el significado social de sus hechos en los que me parece ver la historia del propio pueblo ona sufriendo esas inclemencias de una tierra helada:
“Kuanip era hijo de la montaña roja. Cuando nació los indios dijeron, ¿Quién es este?, ¿Quién lo ha engendrado?, ¿de dónde viene? Algunos respondieron: ¡es hijo de la piedra!”
Cuando era adolescente tres veces quisieron matarlo; pero en una ocasión en que dos individuos le iban a disparar sus flechas por la espalda, Kuanip los miró por sobre el hombro y les dijo: “No os mováis”, y los asesinos quedaron petrificados en posición de dispararle con sus arcos extendidos. Estos son los dos cerros que se levantan en el canal Beagle, cerca de Harberton.
Kuanip fue el que trajo el primer fuego a la tierra y fabricó la bolsita de cuero de foca para preservar la yesca para encenderlo. El que fabricó el primer arco de la madera del roble y con los tendones del guanaco. El que hizo la primera flecha de una rama de calafate, con punta de piedra y la cola con una pluma del “Karkai”, un aguilucho que para esto hay que cazarlo sin que lance un graznido, pues solo así la flecha se dirigirá sigilosamente hacia su presa. Fabricó el primer carcaj de cuero de foca y enseñó a las mujeres a lavar al recién nacido en el arroyo y a untarle su cuerpecito con una emulsión de grasa de foca y arena fina, para preservarlo de frío
Fue el que luchó contra Siáskel. Este era un gigante que comía carne humana y adornaba sus cinturones con el pubis de las mujeres que devoraba. Tenía a su servicio a los hermanos Sasan, a quienes les pagaba dándole las vísceras de sus víctimas. Kuanip, con la ayuda de los Sasan, logró atrapar al gigante cuando iba atravesando un rio. Con su poder mágico heló las aguas y Siáskel quedó aprisionado de la cintura para abajo. De dos hondazos le descuajó los ojos, y cuando el gigante estaba ciego, se le subió por la espalda y le quebró el espinazo. El monstruo maligno murió, pero sus ojos reventados se desparramaron por sobre la tierra, y son esas aguas verdosas que aparecen a menudo en la superficie de las aguas estancadas…
Kuanip después de todas estas hazañas, se enamoró de Oklta, pero el hermano de esta, Okricén, se opuso a su casamiento. Entonces Kuanip convirtió a Oklta en un murciélago y a Okricén en una lechuza blanca. A este le dijo: “No tendrás carne de guanaco para comer ni pieles para abrigarte, ni matizadas plumas de pájaro para adornarte; no podrás cazar más guanacos de día, pero cazaras ratones durante la noche. No podrás resistir la luz del día porque tus ojos serán débiles”. La maldición no podía ser más cruel porque Okricén era un gran cazador. A Oklta le dijo: “Serás más fea que tu hermano; no podrás ver la luz del día; tendrás que esconderte cuando salga el sol, comerás gusanos y hasta tu sombra será peligrosa”.
Después, Kuanip vagó solitario por los bosques y no quiso hablar más con nadie. Del cogote de un ganso silvestre hizo un instrumento y arrancó de él canciones que se confundían con el ulular del viento. Así vagó, solitario y triste, hasta que un día se perdió por las brumas del sur y ascendió a “la isla blanca del cielo”, donde apareció transformado en una estrella, que sería Rigel, la más brillante de la constelación de Orión.
Pero hoy ya no hay onas que puedan mirar a su Kuanip en el cielo. El colonizador blanco los exterminó a sangre y fuego. Hay testimonios fotográficos en que aparecen cazadores de indios en plena acción, disparando sus rifles y con los cadáveres a sus pies. Y una fotografía de Julio Popper, el famoso buscador de oro del Páramo, de origen rumano, que fue el primer blanco que atravesó la isla desde el Estrecho de Magallanes hasta el Atlántico y el primero también que inició el exterminio del indio a bala. Sacerdotes salesianos y anglicanos trataron de contrarrestar estos crímenes y salvar a los indios, pero no lo lograron. Incluso se sabe de una Biblia traducida por los anglicanos al idioma yámana en alfabeto latino: pero será la única Biblia que ya no pueda leer nadie.
En un pequeño libro, creo que del padre Beauvoir, encontré esta respuesta del cacique Kaushel: “¿por qué nuestros hermanos nos persiguen, asesinan a nuestros padres, nos roban las mujeres? Hace pocos días pasó un grupo de hombres de nuestra raza, iban hacia cabo Buen Suceso, nos escondimos, pero un anciano fue alcanzado por ellos y asesinado. ¡NO PODEMOS SER HERMANOS DE UNA RAZA QUE ASESINA!”.
Esta frase tendrá que seguir vibrando eternamente en la conciencia de muchos,
Revista “En viaje”, Nº
414, abril, 1968, pags 8 y 9