Petardos, anuncios y selfis
Una comuna no puede conformarse con un municipio chato y doméstico: una administración encerrada en sus pequeñas disputas, preocupada por las apariencias, las lealtades personales y el control cotidiano, pero incapaz de pensar en grande, planificar con seriedad y responder a las necesidades reales y urgentes de la comunidad.
El desarrollo y progreso local no se construye únicamente con obras visibles ni con actividades para la fotografía y la selfi. También depende de la calidad de las relaciones laborales, del respeto con que se trata a los equipos municipales y de la existencia de un ambiente institucional donde las personas puedan trabajar con tranquilidad, profesionalismo y confianza.
Un municipio doméstico es aquel que confunde administrar con mandar, cercanía con favoritismo y disciplina con silencio Y hay algo todavía más preocupante: un municipio tan fome que ni siquiera tiene oposición. No porque todo funcione perfectamente, sino porque la discusión pública desapareció, las críticas se apagaron y la política comunal quedó reducida a comunicados, a merced de los medios oficiales y las pequeñas disputas internas.
La ausencia de oposición no siempre significa consenso. Muchas veces significa indiferencia, resignación o cansancio y falta de espacios para discutir.
Cuando nadie cuestiona, nadie fiscaliza y nadie exige explicaciones; la gestión puede instalarse cómodamente en la rutina, confundiendo tranquilidad con eficiencia y silencio con aprobación. Y muy a menudo, como está ocurriendo, pasan de los anuncios a las famosas mesas de trabajo, luego a la selfi bien retocada y, de ahí, a lo etéreo de la nada. En síntesis, puros petardos y escasos o nulos avances.
El Tirapiedras de Natales