• 24 de julio de 2024

LA JAULA DE LOS ONAS

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París, la ciudad luz, definida como la síntesis del mundo. Un torbellino creado para los elegidos, saborear el foie gras y las cailles aux pruneaux del Café Richie, los tournedós Rossini de la Maison Doreé, la glace à la crème de marrons del Café Tortoni, el chocolate caliente del Café de Flore y el absinthe del Deuz Magots. Caminar por los Champs-Élysées, el Arc de Triomphe. “Quien no ha frecuentado la orilla izquierda del Sena, entre las calles Saint-Jacques y la de Saint-Pères no conoce nada de la vida humana”.

Es el año 1889, con motivo de la llamada Exposición Universal, que conmemora el centenario de la Revolución Francesa, se construye la famosa Torre Eiffel, un colosal entramado de hierro de trescientos metros de altura. Un prodigio arquitectónico, que en su momento recibió las aceradas críticas de intelectuales y artistas, entre los que se cuenta Guy de Maupassant: “pirámide alta y flaca de escalas de hierro, esqueleto gigante falto de gracia”. León Bloy: “trágica lámpara de calle”. Paul Verlaine: “esqueleto de atalaya”. Francois Coppée: mástil de hierro de aparejos duros, inconclusos, confusos, deformes”.

En aquella época la Torre Eiffel era la más alta del mundo y tuvo una rápida aceptación, durante la exposición universal, celebrada entre el 15 de mayo al 6 de noviembre, recibió 1.953.122 visitantes. El público se agolpaba para descubrir unas vistas inéditas de París, ya que para entonces no se conocía una vista aérea de esta magnitud.

El pabellón argentino era el más grande y lujoso de todos los países americanos, con 1600 mts 2 en la planta baja y 1300 mts 2 en la segunda. Una edificación de hierro y vidrio como las más modernas de París, con esculturas y obras de arte que trataban de reflejar el modernismo europeo. En su interior se exhibían muestras de lana, cueros de vaca y carnero, colgados en las paredes, “como el taller de un colchonero”, muestras de cereales y vino que lo hacían de ver “como una pulpería”. En resumen por fuera un palacio francés y por dentro como un vulgar almacén de ramos generales, de acuerdo a la opinión de uno de los protagonistas de la historia.

Este es el sofisticado escenario que dará inicio a una de las más desopilantes y trágicas de las aventuras humanas. Como en una clásica tragicomedia, el escritor Carlos Gamerro (Buenos Aires, 1962), nos guiará por el derrotero de estos antihéroes que dan vida a la novela “La jaula de los onas”. El texto dividido en 19 capítulos o estaciones que contadas por múltiples hablantes. Además el autor recurre a diferentes géneros narrativos; epistolar, sainete, testimonial, crónicas y memorias.

La novela arranca con el capítulo “Cartas de París”, un divertimento comunicacional entre Marcelo, que se encuentra en Francia y Jorgito su mejor amigo y futuro cuñado, a quien narra la vida disipada y proezas sexuales que vive en París. La tercera involucrada es Justita la pretendida amada de Marcelo a la que relata las lánguidas manifestaciones de su amor romántico. Todo el entramado se convertirá en una verdadera comedia de las equivocaciones, al confundir los remitentes que hará caer por tierra la gran farsa de este misérrimo personaje.

La otra cara de la moneda está representada por una familia de 11 selknams que son capturados, encadenados y transportados en las bodegas de un barco para luego ser presentados como antropófagos en una carpa de circo en las inmediaciones del campo de exposiciones. Mientras el pabellón argentino diseñado por un arquitecto francés intentaba complacer el gusto europeo, los “caníbales patagónicos” permanecían enjaulados para satisfacer la curiosidad de los visitantes de la feria. El deleznable periplo se extenderá posteriormente hacia Londres y Bélgica.

Los otros personajes que viven esta singular historia son kalapakte, que más tarde castellanizado su nombre se le conoce como: Calafate y Karl un joven anarquista, judío-alemán. Ellos se conocen de manera singular. Calafate huye, por descuido de sus guardias, del pabellón argentino y decide subir al punto más alto de Paris, en el objeto de investigar hacía donde se encuentra la Patagonia. Karl un obrero remachador de ese portento de hierro trabará una sólida amistad que los llevará por los diversos caminos del mundo.

Uno de los capítulos más conmovedores es el número cinco, escrito en clave de cuento, un relato conciso que se titula ”La enfermera”, que de acuerdo al autor proviene de un testimonio tomado de la revista South American Mission Society, nos revela la enorme precariedad en que se encontraba una selknam abandonada en un hospital de Londres “Por fin se murió, la india vieja, la verdad que es lo mejor que podía pasarle”. Quienes la asisten no pueden comprender a un ser desconocido proveniente de un lugar llamado Patagonia, es una palabra extraña que sólo les evoca un lugar ajeno y desolado “no tengo idea de cómo será su mundo”. Al proceder a quitarle los vestidos, la encuentran cubierta de una capa harapienta, hecha con retazos de piel, con un trozo de cuerda alrededor de la cintura, los pies envueltos por unas chinelas de sogas deshilachadas y sucesivas costras de mugre que mitigaban su desnudez “y el hedor, el hedor era espantoso, estamos acostumbrados a los pobres y a los mendigos pero nunca creí que un cuerpo humano pudiese oler de aquel modo”. Cuando intentan retirarle sus ropajes la india, grita y lucha de manera dramática, se aferra a sus harapos malolientes como si fuera sus tesoros más preciados. De manera incomprensible su mundo ha desaparecido, las montañas, los ríos, los lagos, el frío, la nieve y los vientos. Carece de todo, le han quitado el alma, debe aferrarse de algo, algo que al menos no puedan quitarle.

Dos décadas se tomará el fueguino errante para regresar al territorio Selknam, los mismos 20 años que demorará Ulises, pero a diferencia del célebre héroe griego, cuyo valor y astucia lo hizo sobreponerse a todos los obstáculos impuestos por los dioses y que al completar su destino. El regreso a Itaca, viajará por siempre hacia la gloria e inmortalidad de sus hazañas. Kalapakte, nuestro protagonista, regresará a los territorios del olvido y la desmemoria, a la historia de un pueblo desarraigado de su propia tierra y que su destino es la lenta y definitiva extinción.

En esta portentosa novela, 476 páginas, nunca aparece las voces de los Selknam, solo el silencio los mueve dentro de la historia. El relato está concretado en quienes los esclavizaban o por los que ofrecieron una ayuda humanitaria, que fueron los menos. Lucas Bridges intentó que el pueblo Selknam mantuviera su identidad y sobre todo su dignidad. Es también un testigo trágico de los avances de la civilización sobre los pueblos originarios.

Al frente de la novela estamos nosotros como testigos incapaces de comprender lo que significa este genocidio cometido a finales de siglo XIX e inicios del XX. Para tener una idea aproximada, Martin Gusinde estimó que antes del proceso colonizador el pueblo Selknam estaba constituido por unas 3.500 a 4.000 personas.

JORGE DIAZ BUSTAMANTE PUERTO NATALES, DICIEMBRE 2023.

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