• 22 de mayo de 2024

El destino de los diccionarios

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Los nueve tomos del diccionario enciclopédico EDAF descansan en un incómodo reposo de décadas en un estante olvidado de la biblioteca, esas páginas que capturan el lenguaje y la forma universal de hacernos comprender permanecen cerradas en un silencio de oquedad. Hoy día ocupan un espacio fronterizo entre el adorno y la inutilidad.

El Diccionario de la lengua española es la obra lexicográfica académica por excelencia. El repertorio empieza en 1780, con la aparición —en un solo tomo para facilitar su consulta— de una nueva versión, ya sin citas de autores, del primer diccionario de la institución, el llamado Diccionario de autoridades (1726-1739). El de 1780 fue, por tanto, el precedente de la serie de diccionarios usuales que llega hasta hoy.

El vetusto ejemplar está en su vigésimo tercera edición y posee la friolera de 9135 páginas, lo que constituye un volumen inesperado para quienes son amantes de la palabra y que seguramente jamás podrán llegar a un cabal dominio de lo que es esta lengua española mal heredada por los designios de nuestra historia.

Además que, en el sentido práctico a nadie se le ocurriría andar con un diccionario de esta magnitud bajo el brazo para realizar rápidas consultas sobre el saber universal. A lo engorroso que sería transportar con tan extraño y voluminoso cargamento. En materia física debería pesar algo así como 30 kgs neto de saber (Aquí algo que siempre hemos sostenido; el mundo del saber tiene un peso específico, que aún no ha sido determinado en el campo de las ciencias matemáticas físicas y económicas) Se imaginan al curioso viajero con este artefacto en mano, para viajar vía aeropuerto, debería ser trasladado en una carretilla y no quiero imaginar el sumarioso costo en equipaje, sin embargo todos llevamos ese acervo lexicográfico en nuestra privilegiado cerebro.

Los diccionarios en el pasado fueron los guardianes de la palabra, muchos de nosotros transportábamos un diccionario de bolsillo, como materia de rápida consulta que nos sacaba de apuro cuando consultábamos una obra literaria o bien información que estaba fuera de nuestro limitado alcance.

Hoy día la pregunta es ¿quién consulta un diccionario en físico?, todo está reservado en la web, la consulta es más veloz tiene el privilegio de la respuesta instantánea, ya no existe ese encanto de revisar las hojas y acercarse al misterio de la palabra que era dilucidada por esa pequeña obra de consulta que para muchos era como una especie de muleta que nos permitía acceder al mundo del saber.

Hoy, los diccionarios permanecen arrumbados como objetos inútiles en los anaqueles de bibliotecas que se baten en retirada en el mundo moderno. Ante la nula oportunidad que tiene este artefacto de sobrevivir a los avatares de la modernidad, proponemos: unir todos los diccionarios del mundo para construir una verdadera muralla china, que seguramente podrá ser visible desde el espacio, dado su amplia pertenencia a la especie humana. La tarea es Construir un castillo inexpugnable que nos hará ver como defensores y protectores del idioma. Ante este inminente portento arquitectónico se extasiará la humanidad o lo que queda de ella.

Cada diccionario es un pequeño ladrillo. Los hay de tapa dura y los humildes diccionarios de bolsillo, que seguramente serán la materia prima de esta construcción, que salvaguardará el ejercicio pronto del idioma.

Edificaremos las palabras; sílaba a sílaba, bebiendo de ese material tan puro que es nuestro lenguaje. Recordamos nuestras primeras lecturas en un silabario que nos traía imágenes y sonidos de un mundo cotidiano. Hoy día esto no es posible, lo que parecía para nosotros un mundo en construcción, es hoy día un universo que ha adquirido tal velocidad que muchas veces está presente en un caos general.

Los tiempos son distintos, las causas naufragaron en el licor del olvido, nuestro presente es tan inmediato, que lo que hace media hora era tan importante, se convirtió en un esperpento paleontológico a minutos después.

La palabra es un bien que no cotiza en el mercado, que no tiene valor monetario, pero que para nuestros padres y nuestros abuelos era definitivamente sagrada. Se dijo y se hizo, parecía ser una máxima de aquellas olvidadas épocas.

El destino de los diccionarios a nadie parece importarle, como si nuestro hablar se batiera en retirada. Puedo predecir la marcha de nuestro lenguaje: Mientras exista “El Quijote de la Mancha” de Cervantes, “Rayuela” de Julio Cortazar. Los queridos textos de Bolaño, los cuentos de Borges y del gran y magnífico Arlt. Además de la sublime poesía de Teillier. La tremebunda producción del olvidado Pablo de Rokha, podemos volver una y otra vez a encontrarnos entre nosotros.

POR: JORGE DIAZ BUSTAMANTE

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