• 7 de febrero de 2023

El Río de las Piedras

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Perdóname que me presente así, con todos estos muertos frente a tu puerta. Yo sé que no podrás creer el pavor de esta gente que huye conmigo. Que cabalgan con nosotros por las oquedades del silencio. Que a pesar de estar muertos quieren alejarse de tanta maldad. Hemos venido huyendo del horror de la muerte. La policía primero y el ejército después nos han perseguido por toda Santa Cruz, Puerto Deseado y Rio Gallegos, de un lado los policías y el ejército argentino y del otro, el ejército chileno. No han dejado ni una piedra por revisar. Ni una hoja por remover. No nos quieren con vida se han solazado en medio de la sangre y de la muerte.

Llevábamos un mes en la huelga rural, cuando nos enteramos que el 10° de Caballería al mando del coronel Héctor Benigno Varela había desembarcado en Rio Gallegos. Al principio sentimos alivio, ilusamente pensamos que se podría parlamentar con las autoridades, pero pronto tuvimos los primeros indicios que el ejército, por esta vez, traía su mensaje de plomo y exterminio.

En la estancia Anita alcanzaron como a quinientos y le exigieron rendición, sin condiciones. Se reunieron, discutieron, la mayoría optó por entregarse. Creyeron que serían tratados con deferencia. No fue así, a los más pobres los mataban por rijosos, por rotosos. A los que vestían una prenda elegante, los acusaban de rateros, de ladrones y violadores. Les hacían cavar una tumba y luego les disparaban, quedaban boqueando allí bajo el cielo patagónico. Luego los lanzaban a su tumba gigantesca, todos juntos, porque no hay espacio para tanto perro sarnoso. Así nos trataban, a los más jóvenes le daban de planazos, sin misericordia, por el puro gusto de oírles chillar.

A los chilotes, a esos pobres diablos, les quitaban los zapatos y los cinturones. Así los hacían correr, cerro arriba, en medio de las piedras, con los pantalones en la mano, para que salvaran su pellejo. Practicaban tiro al blanco con ellos.

A los dirigentes los separaban, para darles un “trato especial”, los pasaban por los bretes y los apaleaban como a perros, luego le metían tres tiros de revolver, para asegurarse de que estuvieran bien muertos. A unos pobres infelices que pretendieron protestar en defensa de sus compañeros los desnudaron y lo dejaron amarrados a una alambrada, secándose al sol. Como se hacía con el cuero de los corderos.

Han transformado la Patagonia en un extenso y desolado patíbulo. El ta – ta – ta – ta – ta – ta – ta de la metralleta vomitando su lenguaje funesto, proclamando el terror, provocando el espanto. La mancha de sangre de nuestros compañeros se desliza por los campos y la ciudad, ocultando la verdad, esa verdad que ya no volverá. Los convenios y acuerdos firmados el año anterior con los ganaderos se han esfumado como fantasmas en la niebla. La justicia esa vieja solitaria que es sorda y ciega, ya nos olvidó, no tiene palabras para tanto deshonor. Si somos unos pobres zarrapastrosos, una masa temerosa y hambrienta bajo el ruido macabro de los fusiles.

¿Hasta cuándo? Es la pregunta que nos hacemos a diario, ¿Hasta cuándo nos persiguen? ¿Hasta cuándo se termina este calvario? En Gallegos atacaron la sede de la FORA, empastelaron la imprenta y la arrojaron al mar. Los tipógrafos y los obreros que la custodiaban fueron torturados sin pausa, por esos bellacos desalmados. Pero, ¿qué quieren de nosotros?, que somos unos pobres infelices esclavos de los hombres poderosos y de la sociedad. Ellos nos consideran unos seres inútiles que solamente le debemos obediencia y sumisión. Nos quieren mantener en la esclavitud de los siglos. Cuando la muerte es nuestra peor debilidad.

El Gallego Soto tomó rumbo hacia la cordillera, escoltado por 4 hombres de confianza, pretendía cruzar el Paso del Diablo para llegar a Puerto Natales. Allí tenía compañeros leales que seguramente lo protegerían. Nosotros, no teníamos escapatoria, teníamos que echarle peso a las balas, no había forma de esquivar el bulto, decidimos ir hacia el sur con la intención de llegar al Río de la Piedras. Éramos tres; el chilote Espinoza, el ruso Zurgov y yo. Alguien nos delató. Más temprano que tarde teníamos a una patrulla pisándonos los talones. Aullaban los joeputas. Ahorita mismo me parece oírlos chillar, como si fueran ardillas lujuriosas, sedientos de sangre.

El ruso Zurgov sufrió una rodada, seguramente a su caballo se le fracturó una pata. No quiero ni imaginar lo que le sucedió, pero más que seguro sus huesos se están blanqueando en la pampa patagónica. Al chilote Espinoza lo bajaron de un certero tiro de fusil. Una detonación que partió al cielo en dos.

Solo llegar al Rio de las Piedras salvaría mi vida, conozco el lugar, como la palma de mi mano. De niño recorrí esa rivera, me crie en ese sector. Mi padre Justiniano, hijo de Alonso Quijano, el hidalgo manchego, me enseñó los secretos del río. Esquive los tiros de revolver y fusilería. El “Langostino”, el alazán más veloz de la Patagonia, mi caballo fiel, me salvaba la vida una vez más. Ingresamos a las aguas del Río de las Piedras y rodamos con estrepito. Mis perseguidores, esos rastreros, lameculos del poder, me dieron por muerto.

Se retiraron con cierta desazón no les di el gusto de divertirse. Debo haberme quebrado una costilla porque escupía sangre. Caminé por ese camino de penumbras hasta encontrar una nueva cabalgadura. En la Patagonia hoy día los caballos vagan sin dueños, totalmente desorientados y con el espanto de las detonaciones de la canalla criminal del ejército.

Entonces decidimos ir hacia Lago Argentino, para mantenernos a salvo. Cabalgamos por territorios desconocidos evitando toda presencia humana. En una noche de niebla, después de merendar una cena frugal, llegó el primero. Seguro era chilote, tenía el aspecto de perro sarnoso, los ojos acuosos de noches sin dormir, me dijo que quería seguirme. Después llego el segundo era español, tenía el acento manchego de mi padre y más tarde apareció el ruso Zurgov. Éramos tres. Después cincuenta y luego cien. Hoy día ya no sé cuántos somos. Solo sé que cabalgamos en la soledad de la Patagonia huyendo de nuestros feroces verdugos. Criminales y asesinos de mala monta, traidores del pueblo y de sus compañeros de clase.

Este ejército de desarrapados y olvidados me sigue, porque me he aferrado a la vida, como lo hace un recién resucitado, como lo hace un recién nacido que berrea aferrándose al poco oxigeno que le otorga un sistema que debidamente lo ahogara en algún momento.

Por eso es que estamos junto a ti Justiniano, para que nos des cobijo a mí y a mis quinientos hombres. Sólo por esta noche, para darle el descanso que nuestra alma merece, porque no podemos seguir vagando eternamente. Porque estamos agotados de arrastrar la pesada carga de la derrota. Mírame a los ojos Padre y dime la verdad, por dolorosa que sea, dime que yo no soy ese que luchó contra los molinos de viento, por la dignidad del obrero rural, que pretendió alcanzar el cielo con las manos y que permanece de bruces en esa tumba acuosa que es el Río de las Piedras.

Jorge Díaz Bustamante

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